Alto a la brutalidad
Desde el Kremlin se promovió la percepción de la anexión de esos territorios en lo formal, cuando en lo real son zonas que permanecen en abierta disputa pues el control ruso no termina siquiera de estabilizarse frente a las fuerzas ucranianas.
El presidente ruso, Vladimir Putin, ha decidido apelar a la brutalidad como método de propaganda para resolver el callejón sin salida en el que se metió, tras la determinación de invadir militarmente a Ucrania. Las malas decisiones en política, y más aún en situación de guerra, siempre traen las peores consecuencias, por lo que el mandatario a unos cuantos meses de conflicto bélico está comenzando a pagar las costosas facturas en varios frentes.
En el campo de batalla, los partes militares y los recuentos de corresponsales de guerra dan cuenta de un ejército ruso en constante humillación. No sólo por las debilidades en su capacidad de movilización, armamento y alcance, sino porque los territorios ucranianos alguna vez conquistados, son recuperados por una estrategia mucho más efectiva comandada desde la acosada capital de Kiev. Ello, sin olvidar el agraviante paso de las tropas rusas al dejar constancia de saqueos, violaciones y homicidios a población civil, según reportan los representantes de los medios internacionales desplegados en las zonas invadidas.
La propaganda de la brutalidad del presidente Putin pretende seguir su curso, a pesar de que su estrategia se desenvuelve en un terreno jabonoso. Primero, con la anexión arbitraria de cuatro provincias ucranianas que el mandatario intenta sustentar en una serie de referendos populares, mismos en los que se acreditaron actos de violencia y coerción contra votantes. Desde el Kremlin se promovió la percepción de la anexión de esos territorios en lo formal, cuando en lo real son zonas que permanecen en abierta disputa pues el control ruso no termina siquiera de estabilizarse frente a las fuerzas ucranianas.
La segunda cara de la propaganda de la brutalidad proviene de la designación del general Sergei Surovikin como responsable militar máximo de la invasión rusa a Ucrania. Un veterano con reputación siniestra, atestiguada en medios de comunicación, por sus ataques a población civil en las guerras de Siria, como también por su participación en los conflictos armados de Afganistán y Chechenia. El presidente Putin pretende, junto con los misiles rusos lanzados ayer contra Kiev y una decena de ciudades, abonar a la percepción de que amenaza con el exterminio cuando en los hechos las capacidades técnicas de su ejército están bajo severo cuestionamiento, por la falta de resultados consistentes. Toda una serie de acciones emprendidas para sembrar el miedo, como alternativa que oculta las debilidades sistémicas del aparato que encabeza.
Sin embargo, las condiciones en las que Rusia tiene a su ejército no son el único frente de humillación para Vladimir Putin. La falta de victorias sostenibles en la invasión; la errática toma de decisiones en la movilización de activos castrenses; así como los fallos en los trabajos de inteligencia que facilitaron las explosiones y la consecuente caída del puente que conecta a Crimea con Rusia –infraestructura crucial para el transporte de insumos a sus tropas desplegadas en los territorios ucranianos en conflicto–, han comenzado a fragmentar el apoyo al mandatario al interior en los círculos de poder económico y político.
El disenso se expande en las esferas de poder, como también a nivel de calle. El presidente Putin llevó a Rusia a una guerra que ni los rusos quieren pelear, al no encontrarle fundamentos legítimos. Prueba de ello es el exilio –cuando menos temporal– de miles de hombres en edad de prestar servicio militar, que abandonaron su país tras conocer el reclutamiento parcial convocado por el mandatario. El primero en ese país desde la Segunda Guerra Mundial y, sin duda, uno de los menos exitosos. Tanto que, ante las severas críticas internas, el presidente se vio obligado a ampliar las categorías de rusos que no serían llamados al frente.
Por la valentía ucraniana, porque un mandatario con aspiraciones de emperador no puede ni debe tener derecho a alterar el orden internacional, es que Occidente requiere mantenerse unido, a pesar de las amenazas y los costos impuestos por Vladimir Putin, para ponerle un alto a su brutalidad.
