Deshumanización social
La política nacional dejó de ser la noble actividad de la búsqueda de los beneficios para la mayoríay se convirtió en el “arte de mentir, de engañar, de robar, de beneficiarse a costillas de los demás”.
Uno de los saldos electorales del año pasado es, sin duda, la confrontación fratricida que se vive en el México actual y de la que dan cuenta las “redes sociales" a las que son tan afectas las sociedades modernas de este siglo XXI.
Hay que entender que el problema no son las nuevas tecnologías con las que se comunica actualmente el ser humano y que han “agilizado” el conocimiento de las opiniones públicas en cualquier parte del orbe; el verdadero problema es el grado de deshumanización que se vive en muchas esferas de la gran comunidad que constituye el mundo de hoy. Lo que hacen las redes sociales es colocar en la superficie los grandes temores del ser humano, así como la desesperanza en la que está inmersa la humanidad entera, matizada por su propia problemática, muy particular para cada país.
En lo que a nosotros se refiere, venimos de una serie de desencuentros provocados por la polarización frente a los graves problemas nacionales. Ello ha generado un clima de linchamiento social que se pone de manifiesto en la convivencia diaria tanto en las calles de nuestros pueblos y ciudades, como en la llamada “aldea global” de la que hablaron hace muchos años los teóricos de la comunicación.
La comunicación en las redes sociales, muchas veces anónima, no soluciona los problemas de la humanidad, simplemente los pone de manifiesto. Su solución está en otro sitio. La deshumanización es producto de otra cosa. El problema es quien manda el mensaje, no el mensajero.
El mensaje, en sí mismo, encierra el gran problema del ser humano de este siglo: un materialismo rampante, no saber hacia dónde se va y un antropocentrismo exacerbado que ha provocado el olvido por el otro, por el prójimo, por el de al lado.
Hoy, lo importante es lo “individual”, no lo colectivo. Estamos enfocados en el plano de lo egocéntrico y no en lo que nos es común a todos. Al final del día, el origen de muchos de nuestros males radica en la deshumanización que hemos vivido como pueblo. De ahí que andemos buscando culpables y disculpas donde no los hay.
La política nacional dejó de ser la noble actividad de la búsqueda de los beneficios para la mayoría, para la comunidad, y se convirtió en el “arte de mentir, de engañar, de robar, de beneficiarse a costillas de los demás”. No hay mayor interés por el otro. Lo importante es quien gobierna y su camarilla. “Quítate tú para ponerme yo”, dirían algunos. Y de ahí, la estridencia, el desorden, los empujones entre unos y otros y la falta de acuerdos para resolver nuestros problemas comunes.
Urge un liderazgo que ponga orden y que busque conciliar a todas las fuerzas sociales y políticas del país. No que cada mañana siembre discordia y colabore a la división con adjetivos despectivos que descalifiquen a quienes no piensan como él; que contribuya a la humanización de la sociedad y no a su autodestrucción. Que le dé esperanza en lugar de contribuir al agobio social que hoy observamos en cada mensaje expresado, por ejemplo, en las redes sociales. Demasiado ya tenemos tras lo ocurrido en décadas anteriores con el llamado “tejido social”, hoy totalmente roto.
La reconstrucción de México, tanto en sus instituciones políticas como en su sociedad, pasa necesariamente por el Humanismo. No hay manera de enfrentar los retos actuales con una sociedad completamente fragmentada como se observa ahora; fragmentada en sus individuos, pero también como colectividad. Finalmente, la actividad política es un trabajo inherente al ser humano cuyo fin es contribuir a tomar las mejores decisiones que mejoren la vida comunitaria.
Cuántas regiones del país están necesitadas de esa reconstrucción. Y las consecuencias de la deshumanización social que viven están diariamente a la vista de todos: violencia, corrupción, desintegración y ruptura social. Pocas son las que realmente se salvan. El común denominador en todos estos casos casi siempre es el mismo: modelos de gobierno deshumanizantes que entorpecen el desarrollo de los miembros de la comunidad.
Hemos abandonado las manifestaciones culturales como promotoras del desarrollo humano. No hay manera de que un pueblo prospere sin recurrir a sus raíces, a su cultura y al amor de sus integrantes por la tierra que los vio nacer y que los ha visto desarrollarse. Lo demás es demagogia.
