Contra la obesidad gubernamental
Tiene razón el presidente Peña Nieto cuando dice que no resulta popular pagar impuestos. Y menos cuando las familias y empresas no perciben ningún beneficio a cambio del sacrificio que se ven obligadas a hacer sobre sus ingresos. Como algo irremediable o parte de la ...
Tiene razón el presidente Peña Nieto cuando dice que no resulta popular pagar impuestos. Y menos cuando las familias y empresas no perciben ningún beneficio a cambio del sacrificio que se ven obligadas a hacer sobre sus ingresos. Como algo irremediable o parte de la cultura política nacional, prácticamente vemos todas las semanas escándalos de corrupción o abusos con el dinero de las y los ciudadanos.
Nunca alcanza el dinero. Durante años hemos escuchado a un gobierno tras otro proponer distintas medidas para obtener mayores recursos públicos. De 2000 a 2012, el presupuesto público creció a una tasa anual promedio de 5% en términos reales. Si el gobierno fuera una empresa, estaríamos hablando de una muy exitosa, que logró incrementar 56% sus ingresos en 12 años. En ese mismo periodo, la mitad de las y los mexicanos vieron disminuido su poder adquisitivo 25% en términos reales. En otras palabras, mientras el gobierno se hacía cada vez más rico, la mayoría de los mexicanos se hicieron más pobres. Ello no es más que el reflejo de la ineficacia e improductividad del gasto público. Trasladar recursos de las familias o los sectores productivos al gobierno para incrementar su nivel de gasto no necesariamente se traduce en mayores niveles de bienestar.
Para 2014 el gobierno tendrá la mayor cantidad de recursos de toda la historia. El presupuesto del año que entra rebasará por 447 mil millones de pesos al de 2013. Para financiarlo, las nuevas disposiciones fiscales generarán 185 mil millones y el resto, 262 mil millones, provendrán de un mayor déficit o deuda. Del total de estos recursos adicionales, sólo el 14% se destinará a la construcción de infraestructura, el resto se dedicará a alimentar el gasto corriente y otras erogaciones. En otras palabras, nos estamos endeudando para poder sostener el actual tren de gasto público.
Es tiempo de hacer un alto y exigirle al gobierno que antes de pedir mayores recursos a través de impuestos, debe someterse a un estricto programa de austeridad. El Laboratorio de Políticas Públicas Ethos ha hecho una estimación en la que señala que de ahorrarse uno de cada diez pesos del gasto de operación gubernamental, se juntarían 395 mil millones de pesos, más del doble de lo que se recaudará con toda la serie de disposiciones fiscales que tiene tan enojada a la sociedad.
En la Comisión de Hacienda del Senado se han aprobado una serie de modificaciones a la Ley de Presupuesto y Responsabilidad Hacendaria para introducir en la misma, controles al gasto de servicios personales, compra de vehículos, telefonía, viáticos, arrendamiento, alimentación, remodelación de oficinas, combustibles y pasajes, entre otros. Estas medidas deberán de cumplirse estrictamente para asegurarnos que el tremendo esfuerzo que harán las familias y los agentes económicos el año que entra para pagar más impuestos, no se irá por el caño de la corrupción o el despilfarro.
La meta fijada por el Senado —que está pendiente de ratificar por el pleno— para 2014 es que en servicios personales de nivel medio y superior se generaren ahorros equivalentes a 5%, lo mismo que en el gasto de operación de todas las dependencias. También se ha aprobado un candado para que en los siguientes años, el gasto del aparato burocrático no pueda crecer más que el crecimiento potencial de la economía.
Las medidas de austeridad impulsadas en el Senado son un avance muy moderado ante la enorme tarea que está pendiente para aumentar la transparencia, eficacia y rendición de cuentas en el gasto público. Ante la inminente recesión, ésta debió haber sido la principal batalla para 2014: austeridad en lugar de más impuestos. Debemos combatir la obesidad del aparato burocrático. Es una prioridad contener su voracidad para que no siga extrayendo recursos productivos de la sociedad y los convierta en gasto chatarra. Debemos apretarle el cinturón, exigirle cuentas claras sobre su dieta y obligarlo a una rutina en la que logre reactivar la economía. De otra manera, el sobrepeso gubernamental, terminará provocándole esclerosis a toda la economía.
