Menos fotos, más presupuesto

Una larga comida en Palacio Nacional, a principios de diciembre, fijó el tono de la relación entre el presidente Peña Nieto y el jefe de Gobierno Miguel Mancera: cordial y cooperativa. El primero tenía el ánimo de consenso político que lo llevó a firmar el Pacto por ...

Una larga comida en Palacio Nacional, a principios de diciembre, fijó el tono de la relación entre el presidente Peña Nieto y el jefe de Gobierno Miguel Mancera: cordial y cooperativa. El primero tenía el ánimo de consenso político que lo llevó a firmar el Pacto por México, y el segundo, una victoria electoral histórica que le dejaba establecer una relación libre de las facturas políticas y las posturas ideológicas “obligatorias” de la izquierda.

 Cuauhtémoc Cárdenas sí vivió la hostilidad del vecino de Los Pinos. En su libro Sobre mis pasos, relata los amagos que pesaron sobre él porque Andrés Manuel López Obrador y Porfirio Muñoz Ledo habían cuestionado el Fobaproa. Se ordenó a los diputados priistas no aprobar el monto de deuda que había solicitado el jefe de Gobierno el primero elegido democráticamente para financiar, paradójicamente, compromisos adquiridos por el propio Zedillo.

En la fiesta democrática de 2000, Fox quiso hacer de la capital “su rancho”. Se encuentra con López Obrador, un jefe de Gobierno astuto que le delimita su terruño a Los Pinos; el resto es una ciudad de izquierda progresista en la que él manda. Esta relación fue costosa para nuestra incipiente vida democrática: como una burla macabra, el primer Presidente elegido en una elección sin trampas, terminó como el peor de los delincuentes electorales.

Calderón actuó con la desesperación de quien busca borrar un pecado original. Nació ilegítimo y tenía sed de validación. Le pareció que había que someter el territorio de su adversario; la ciudad como el espejo que podía devolverle la imagen de una victoria limpia. Nunca lo logró. En los últimos días de su administración se tomó la foto con Marcelo Ebrard. El escenario era representativo de su mezquina relación con el DF: la inauguración de la línea 12, una de las obras más complejas de la ingeniería mexicana, obstaculizada por su chantaje.

La relación política entre los presidentes y los jefes de Gobierno sí influye en el comportamiento de las burocracias y, parcialmente, en la determinación del presupuesto. No sabemos qué se hubiera logrado en la capital si en el pasado la relación entre Los Pinos y el Palacio del Ayuntamiento hubiera sido menos tensa. Algunos dirán que se pudo haber hecho más, otros que la competencia ha sido un buen acicate para que las administraciones de izquierda gobernaran mejor. Lo único que conocemos hasta ahora es el escenario de la rivalidad política.

Es muy interesante el capítulo que escriben Peña Nieto y Mancera. Sobre todo, porque al primero, como ex mandatario del Estado de México, le tocó gobernar parte de la zona metropolitana. Pero hasta el momento, además de los gestos de cordialidad, no encontramos un trato distinto por parte del gobierno federal. El programa de infraestructura presentado hace un par de meses no hace pensar que el desarrollo de la ciudad sea parte de las prioridades nacionales. 

La verdad es que dentro del paquete económico y de reforma fiscal a la ciudad no le va bien. Recibe el mismo trato del gobierno federal “amigo” que el que otorgaban los “no tan amigos”: se mantiene la tendencia decreciente en las participaciones federales y se confirma una relación discriminatoria al excluirla sin razón de los fondos de infraestructura social. Para 2014, Peña Nieto agradece la cordialidad de Mancera quitándole a la ciudad dos mil 500 millones de pesos. No se trata de exigir un trato preferencial, sino de crear una visión compartida de ciudad competitiva, dentro de una estrategia de desarrollo nacional, algo que antes no se podía pedir. Siendo francos, del Presidente necesitamos menos fotos y más presupuesto.

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