El viejo cuento de la reforma política

No conozco a ningún vecino de la Ciudad de México que se sienta ciudadano de segunda o que considere sus derechos políticos inferiores a los del resto de los mexicanos. Desde la última reforma política en donde se otorgó a los capitalinos la posibilidad de elegir al ...

No conozco a ningún vecino de la Ciudad de México que se sienta ciudadano de segunda o que considere sus derechos políticos inferiores a los del resto de los mexicanos. Desde la última reforma política en donde se otorgó a los capitalinos la posibilidad de elegir al jefe de Gobierno y a los delegados políticos, se rompió la polarización histórica entre los deseos libertarios y democráticos de la sociedad más politizada y progresista del país y el régimen político de subordinación absoluta al Presidente de la República del gobierno de la capital del país. La lucha por la democracia en México siempre estuvo asociada a la liberación de la ciudad, a la posibilidad de que con nuestro voto efectivo eligiéramos a nuestros gobernantes.

Los gobiernos de izquierda que llegaron desde 1997 al Palacio del Ayuntamiento han adelantado una agenda de libertades sin precedentes a nivel nacional. Es un reflejo de lo que somos, sentimos y queremos quienes habitamos esta ciudad. Una población joven, pujante, informada, crítica, participativa, con los mejores niveles educativos y económicos del país y conectados a la sociedad global. La agenda política en la mente de los capitalinos tiene que ver con derechos sociales, libertades, equidad de género, respeto al medio ambiente, seguridad y participación ciudadana y el acceso equitativo a servicios públicos eficientes. Por ello, la reforma política de la ciudad ha sido postergada una y otra vez en los 15 últimos años: ya no está asociada a la agenda de la lucha por la democracia en nuestro país.

El jueves pasado el jefe de Gobierno Miguel Ángel Mancera exhortó nuevamente a concretar la reforma, sin condicionamientos. Nadie mejor que él sabe que la ciudad tiene una camisa de fuerza como marco jurídico que resulta invisible prácticamente para toda la ciudadanía. Independientemente del partido, quien esté al mando de esta urbe pedirá mayores atribuciones para gobernarla mejor y detonar su potencial.

Es tiempo de cambiar los términos de la narrativa si queremos mover a la capital hacia delante. Aunque es de la mayor relevancia alcanzar la igualdad de derechos con respecto a las entidades federativas y borrar todo rastro de subordinación, la reforma no puede quedarse sólo mirando hacia el pasado para saldar nuestros pendientes históricos; hay que aprovechar el momento y enfocarla principalmente hacia el futuro.

El gran activo de esta ciudad siempre ha sido su gente; sin ella, difícilmente habrá reforma y en caso de haberla, en poco cambiará las posibilidades de mejorar la vida de la capital. Tenemos que proponer un diálogo diferente para involucrar a la ciudadanía y que ésta se convierta en su principal promotora e impulsora. Ello sólo se logrará si incluimos los temas que determinan en el día a día su relación con la ciudad: agua, transporte, calidad del aire, espacios públicos, seguridad ciudadana, entre otros, y si además los enfrentamos con una gran audacia y sin prejuicios. Hay que replantear de fondo cómo debemos organizarnos para administrar más eficazmente y convivir mejor en esta megalópolis, la segunda más grande del mundo: ¿Cuántas delegaciones políticas?, ¿qué territorio?, ¿qué facultades?, ¿cómo pesará la participación ciudadana en la toma de decisiones?, ¿instituciones metropolitanas?, ¿cómo planear el desarrollo y vocación de toda la zona?, ¿nuevo aeropuerto?, ¿a cargo de quién?, ¿cómo gestionar el acuífero del valle?, ¿qué hacemos con los residuos sólidos en el futuro?, ¿impuestos ambientales?, ¿un sólo registro vehicular?, ¿una nueva relación con el pacto fiscal?, ¿quién paga la modernización del sistema educativo y la expansión del Metro?, ¿hacia dónde?

El reto es grande, pero lo es más la oportunidad. Muchas de estas preguntas tendrán que responderse a la hora de definir los derechos, obligaciones, las reglas del juego con las que los capitalinos queremos ordenar nuestra convivencia de cara al futuro. El resultado deberá ser un espejo del México actual. Una Constitución local que abrirá, de manera inevitable, un debate nacional sobre nuestra centenaria y maltratada constitución. No más cuentos. Arrancamos en septiembre.

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