Del Twister político al año en que Murakami no será candidato al Nobel

Las reglas del Twister son sencillas. No hace falta explicarlas. Lo que es urgente esclarecer es por qué los candidatos presidenciales juegan Twister en vez de hacer campaña. Todos se meten mano, se enciman unos a otros, no tienen un color definido y cada cual quiere ser el último en caer. Una especie de nudo humano

Pero, ¿quién gira la manecilla del tablero? Es cierto, cada postulante tiene su turno, cada quien decide qué ruta seguir, su dedo es el que indica a quién hay que meterle el pie o a quién hay que abrazar fugazmente. Hay un tufo a embrollo. Desde la distancia, cada cuerpo tiene tres o cuatro manos; cada torso, dos cabezas; cada extremidad, diez dedos; cada boca, muchas voces.

Sin duda, los votantes estamos ante un cuadro Pollock, donde es muy difícil reconocer una imagen real, una silueta definida. El amarillo se une al azul y al naranja; el rojo, al verde y al turquesa; el moreno, a otro matiz de rojo y al morado; además, hay dos trazos diluidos en este óleo, se dice que se pintaron a destiempo. Este juego de colores y formas, este twister de ideologías y mentiras, de apologías y descalificaciones, de farsas y más mentiras, de mentiras y otras más.

O acaso no AMLO ha reñido un día con X y al otro le ofrece su amor; o no es que Anaya se mofa y agrede a Y, pero después pide respeto a los adversarios; o no es cierto que Meade reconoce, primero, que todos son candidatos destacados y potenciales, para después desdecirse y asegurar que AMLO, otra vez y por dar un ejemplo, es un peligro para México.

Pero esto ya permeó las campañas. Ahora ocurre en las bancadas, en el Senado, en las ideologías. En serio, quién mueve esa manecilla del Twister, a quién divierte tanto ver esta pantomima.  Que nos dé un norte del juego.

Dicen algunos analistas que el rojo institucional, el de la bandera, se está desdibujando. Que tal vez se hará guinda. Por eso trajeron a las huestes para pintar la casa, encabezadas por René Juárez. Al menos, le echan ganas. Lamentablemente, su jugador sigue creyendo que debe juzgarse su desempeño no como lo que es, sino como el terno funcionario que no quiere dejar de ser. Debe recordar que ya está en el otro lado de la cancha.

Los azules están perdidos, entendieron mal las reglas del juego. El que los representa sigue sin moverse, no quiere rodar la flecha del tablero. Es de los que piensa que si no se ve, no se le ataca. El azul, a contraluz —luz del sol—, está palideciendo. Es necesario entrarle a la competencia, señor azul, porque si no le van a ganar su turno. En el juego, recuerde, el azar siempre influye.

El guinda, el más fuerte, lleva años practicando, más puntos. Su posición es la más envidiable, no está cansado. Podría jugar otro año y feliz. Después de dieciocho años de estar fuera de un cargo de elección popular, de estar inmerso en campañas, en jueguitos, ¿no se le habrá envejecido la forma de gobernar? A pesar de ser el más musculoso en este juego de atletas, tiene una pierna flaca. Y ésa la representan los que lo apoyan en las gradas: ahí tiene americanistas, universitarios, cruzazulinos y chivas todos juntos, jalando para el mismo lado, aunque a cada rato se sueltan un trancazo.

… no se me olvidan los dos otros dos. Cada vez que les toca girar la flecha del tablero, el que se mueve es uno de los de la coalición. Tiene uniforme, pero no salen de la banca.

Sigue el juego y parece que nadie quiere caer. Están incómodos, sus cuerpos han adquirido la brutalidad amorfa. El twister, el huracán, el remolino que avasalla, destroza, implacable juego de Ouija que borra los límites entre una realidad y otra. ¿No será entonces que votemos por quien votemos, estaremos votando por el mismo? Es pregunta, dice el clásico.

HASHTAG. Entre toda la incertidumbre de 2018 en nuestro país, al menos tenemos una certeza: Murakami no ganará tampoco este año el Nobel. Ni nadie más. Creo que es necesario comenzar una tradición: que cada año se suspenda la entrega del premio. Este reconocimiento, año tras año, pierde en prestigio, pero gana en burlas y sospechas. De qué sirve entregar el reconocimiento a un autor, que se busca sea leído, si las librerías suben los precios y ya es imposible pagar por leerlo. Así ocurrió con Mo Yan, Alice Munro, Tomas Tranströmer, Svetlana Alexievich, Herta Müller, por mencionar algunos. Sí, es cierto que no es un premio para generar propaganda, pero sí para destacar la labor de un autor en las letras. Pero esto no ocurre, de ser así sólo es esporádico, fugaz. Es muy sano que se libere la expectativa desde mayo por saber que nadie ni será candidato ni ganará el Nobel.

Escritor

mmedranogonzalez@gmail.com

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