La muerte al tú por tú

¿Qué es la muerte? Los humanos, vivos, nos pasamos la vida preguntándonoslo y leyendo grandes tratados sobre el asunto, haciéndonos guajes como si nos fuéramos a dar cuenta del momento fatal

Lo hermoso de la vida es que de niño, uno jamás piensa en la propia escena, sino en la de los demás. Me acuerdo de cómo le rogaba a mi madre, de vez en cuando y despertando súbitamente de un sueño terrorífico, que no se fuera a mover de allí hasta que despertara por la mañana… Lo realmente bello era la paciencia grata y suave semidormida de la madre, calmándome con la seguridad de todo en paz. Hasta entraban rayas de luz por entre las persianas.

Ahora no tengo a nadie a quién pedirle piedad para mis aprensiones nocturnas y cuando más, al oírme hablar en voz alta llamando a mi madre, mis perros se  paran en cuatro patas, un tanto alarmados del relámpago de miedo. Luego, cuando sé en el semisueño que ella me escucha, me vuelvo a adormilar, aun a pesar de los dolores del cuerpo, el cual ya no es el mío… Yo le digo a los choferes de taxi, que ya no son los míos, aquellos imperecederos de antes (“Miguel: tengo que estar en la presidm,lencia municipal de San Luis de la Paz a las doce en punto”, decía y me sumergía  en el discurso que me esperaba  por obligación decir).

Las campanadas del reloj me volvían a la mañana helada y luminosa, tumba de mi abuelo, el ingeniero Romero, director y padre de mi madre, de la Casa de Moneda de Guanajuato, bueno, seamos textuales: Lo había sido…

Todos me dicen que no hable de la muerte con la asiduidad anciana que acostumbro, pero es que en mi tierra morirse es como enchílame otra, y a mí me tocó una primera infancia en la que quincenalmente, por lo menos, enterrábamos a uno de nuestros muertos.  Jugábamos con las momias, porque nos colábamos a las estanterías donde estaban muy recargadas, sin vidrio de por medido ni mucho menos, y además mi papá era el presidente municipal, el cuidador había sido caballerango del único caballo que tuvimos, era de Manuelito, mi hermano, y se lo regaló su padrino, el licenciado Puga. Total, morirse no era cosa del otro mundo, había reuniones fabulosas, cenas estupendas, pláticas casi secretas que podían oírse y hasta declaraciones de amor en uno de los descansos de los rosarios que mis tías rezaban, eternos por la letanía que a mí me encantaba (Torre de marfil). 

Tengo que hacer aquí un paréntesis porque confiésome, padre, que  me aterra pensar en leer un comentario adverso y destructivo por escribir cosas “de novela”, que es al final de cuentas mi propia novela, y que piensen que a quién demonios le importa el nombre de mi amado tío Cosme, junto al de Damián, que nos botaba de risa en la parroquia durante las oraciones de Semana Santa y después de las risas éramos sacados los chamacos al atrio, en castigo por la falta de respeto (mi tío Cosme, sordo como tapia, me daba mi domingo como a todos sus hijos y nos íbamos corriendo a comprar unas paletas de nieve con palito que se llamaban Johnny Boy,  no sé por qué). 

Pero si leo las profundidades de lo que todos los días escriben mis colegas, y ello coronado con las noticias de la televisión, verdaderamente alarmantes, pues con la venia de todos ustedes me van a perdonar.

Perdonar el llorar aquí por la muerte de mi queridísimo doctor traumatólogo, el mejor del mundo, el más hermoso, Luis Guillermo Ibarra. No le alcanzó su luminosa vida para salvarme de este martirio que sufro, el no poder caminar a voz en cuello como antes, pero ya ni siquiera en silla de ruedas. Pues eso me da vergüenza, lo siento, me da mucha pena que Enrique González Pedrero me vaya a ver en este desbarajuste de mi anatomía. No lo merezco. Es una muerte anunciada y ni siquiera con la genialidad de Gabo García Márquez. Es que también confiésome padre que me cuesta mucho trabajo ya escribir porque veo muy mal… No, si te digo.

Se fue el doctor que pudo hacerme bailar el jarabe tapatío y me ha dejado con mis recuerdos solamente, mi mamá combatiendo mi tempestuosidad, ella que fue el misterio, el silencio y el secreto, los jardines de la casa de La Presa, mi recámara donde nací en la equina del jardín de la Unión y frente al teatro Juárez. Mis primos, todos muertos; la carne  divina de mi tía Adelita jamás repetida ni en la campiña argentina, el jugo de la chirimoya, la dulzura de las charamuscas, los buñuelos en los platos de peltre de las esquinas decembrinas y al fin las perfectas “tardes cocineras” del poema con Cayetana haciendo brujerías deleitosas en la rodilla de su delantal  inmaculado y  Eleuterio, su hijo, soplando la lumbre de carbón.

Es mi pequeña evocación de la casa de muñecas con las teteritas del tamaño de mi huella digital, las revistas con fotos de los monumentos parisinos ante los que me hinqué cuando los descubrí, y solamente mi dulce esposo de entonces, Edmundo Domínguez Aragonés, lo aguantó, cómo soportó mi caer de bruces frente a Vista de Toledo, de El Greco, y que había jurado caer de rodillas si Dios me diera vida. Y me dio.

Y que no se me olvide pedir perdón por escribir estas perlas tan dignas de Nikito Nipongo, mi amado amigo que me ayudó a pintar un callejón de mi tierra con una generosidad dignísima de Raúl Prieto. Y que mi perrita salchicha de mis dos añitos se llamaba Flapper, y mi perrototote de mis diez años, gran danés, Dick.                             

Adiós, doctor Ibarra. Pídale a Dios por mí.

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