Anécdotas
Como son tan pocos los hermosos lectores que se detienen en mis letras, ¡benditos sean!, se me antoja horrores llamarlos ¡muchachos!, tal cual cuando éramos chicos… Los que fuimos, todos tan jovencitos, vestidos de gente grande, con trajes, chalecos y a veces sombreros, igual a nuestros padres, sin salir a la calle de la pequeña ciudad del Bajío con la cabeza descubierta, ¡hágame el favor!, y mi papá, también en ocasiones vestido de charro, manejando su Fordcito con sombrero y todo…
El otro día oí en la casa de una amiga una acre burla de los niños, a los cuales retrataban vestidos de marineritos… me quedé helada. A la semana siguiente le llevé las fotos, aquéllas maravillosas de nosotros tres en dichas fachas…
La amiga se apenó porque no le quedó de otra ante la inocencia pueblerina de mi familia y las instantáneas usadas entonces para perpetuar un momento feliz. Ahora, lo contado a ustedes me es entrañable.
Si el ínclito fallecido de todos los moles me leyera diría son puras anécdotas, pero como gente de tierra adentro, eso me fortalece…
Siempre he pensado en la misericordia de Héctor Azar para oír y creer mis historias de familia, él viniendo de otra atlixquense, los Azares, en donde me casé a su lado como si él fuera mi padre…
La vida es pura anécdota, y quien lo dude ha de ser un extranjero que piensa en otro idioma y come en mexicano. Siempre he creído que los envueltos por mí, en seducción de niña pueblerina, son los únicos que me quieren… por eso son tan pocos.
Héctor… Anécdotas: a Napoleón le dolía la panza… Dostoyevski, jugaba... Mailer era pegalón… y así.
Un periódico amigo, dirigido por mi compadre más amado, me pide excepcionalmente un cuento. Se me llenan los ojos de lágrimas de agradecimiento, yo que ando con mis escritos bajo el brazo, a mi edad, pidiendo me los publiquen para ganar un dinerito y componer mi cuarto de baño que se cuela, pagar las medicinas, cubrir los gastos de mi piel siempre enferma desde mi nacimiento, de mi panza casi muerta del terror de crecer, de no poder seguir viviendo en mi casa sacratísima, de no cubrir mis mugrosos gastos de mujer más sola que los perritos de la calle.
No me darán el meneadillo Villaurrutia, no me tocará el nacionalísimo ni el Sor Juana Inés, de mi hermanita monja y mártir, pero alguien desconocido se acuerda de mi oficio de escritora sin corona nupcial ni oros de Moscú…
Es muy interesante ver, al final de la vida, o casi, a quienes te han leído, te honran, te dicen que aunque seas una mexicana que fruta no vendía, eres escritora, y eso, muchachos, basta para seguir adelante. ¡Viva la vida!, grito desde la Presa de la Olla…
