Nadie me lo iba a decir

¿Quién me iba a decir que escribir sobre los afectos, los amores, las obsesiones cariñosas me iba a costar tanto trabajo? No, es la falta de energías que siento al estar en cama tanto tiempo

Yo entiendo bien a los haraganes, porque siempre fue para mí el restirarme entre cobijas un buen placer, así tuviese tifoidea o tosferina. Hoy nuestros males son mayores, algo así como maldiciones que de una postemilla se pierde la mandíbula inferior.

Tengo la desgracia de leer en mi vicio profesional de periódicos las peores notas y ésa, la de la niña que acostaban de un solo lado, el sufrimiento por años en su carita me impresionó.

Yo no sé qué estaré pagando con este viacrucis del estómago hecho talco (o al revés) y de la piedra fundamental con la que me debí tropezar, vaya arrastrada por alguien en silla de ruedas. No es justo, me digo, pero tampoco soy Santa Teresa de Ávila para entender con la claridad diamantina los males del cuerpo a cambio de las oraciones del alma. En fin, lo que deseaba escribir hace una semana y hasta el momento exacto en que afuera diluvia (y yo siento que me estalla la pierna derecha, el costado izquierdo de la espalda y así), les pido el ejercicio al que doy inicio, hacer una lista aproximada de las personas a las cuales se quiere hondamente, aunque no se conozcan, como en mi caso, Winston Churchill, el gran viejo de la guerra justa (si las hay) e inteligente.

O tantos periodistas que al amanecer me dan la felicidad de sus palabras, como aquel Inventario de José Emilio Pacheco, haciéndome deslumbrante el principio de la mañana… José y yo, en Chicago, muertos de risa y de hambre (pues los gringos son tan abusados que nos pagaron nuestros honorarios al pie del avión que nos regresaba a México, y así, escritores y periodistas, ya se imaginan la pobreza).

Nos pasamos una semana comiendo hamburguesas como si fuéramos unos viles patanes apellidados Trump. Un mediodía me rebelé y le grité a la fila que éramos los mexicanos conferenciantes: ya basta, vamos a entrar a un restaurante con mesas de mantel encima, y todos aceptamos el reto de no comprar un libro más y una sopa de cebolla de lucientes quesos a continuación…

En fin, era muy larga mi enumeración, pero conforme pasa la tarde tormentosa, más se me olvida lo no anotado… Lo único ineludible ahorita es poder recordar los nombres de mis seres amados, aunque ya respiren un aire puro en el cielo lleno de perros, gatos y esos monstruos creados por Del Toro, de quienes estoy enamorada, por un abrazo del escamoso feísimo hombre de agua daría, ¿qué puedo dar yo? Un buen sueño a las tres de la mañana, mi óleo del órgano de la catedral de México que pintó Carmen Parra, hará cuarenta años, y lo contemplo todo el santo día frente a mi cama cuando pasa algo horrible por la pantalla… en general, es él lo único visto por mí. Porque además, no solamente ya se murieron mis hermanos, a quienes adoré: Eduardo César, quien me salvó la vida varias veces; Gloria Ávila, mi prima absolutamente hermana; René Avilés Fabila y sus invitaciones tan de mano abierta, no de esa avaricia, de esa codería que yo me sé.

Cuando se murió José Emilio era yo tan pobre que lo fui a velar con mis tenis rojos  (me acababa de romper la pierna) y como me miraban mucho los pies, me enojé y casi declaré que no tenía otros, y José Emilio se carcajeaba, y yo quise haberme muerto al darme cuenta de mi metida de pata.

Hay muchas anécdotas de mis impertinencias, para mí geniales, y horrendas para mis creídos amigos, al grado de haber perdido su amistad de un jalón y quedarme sólo con mis dos perritos que son verdaderamente santísimos... También quise mucho a Miguel González Avelar, a José Luis Martínez ya lo dije, al conde León Tolstoi y a Marcel Proust, porque son mis dos bendecidos a los que vuelvo aunque me esté quedando bizca como de costumbre a saber por qué.

Y que no se me olvide Sergio Pitol, mi hermanito de la foto en el caballo de cartón en La Villa, la nevada tenaz en Varsovia, las películas viejas en París y la última vez que nos vimos en su casa sortilegio en Xalapa. Que no se me olvide atraer a mi oreja que le regalé, al poeta José Carkis Becerra y las comilonas en mi departamento de Tlatelolco, mi Chontalpeño único. Se me acabó el papel, de a tiro indígena.

Nos hemos de ver.

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