Los alfileres de José Luis Martínez

Quise mucho a José Luis Martínez, había en él un aire de gran señor que le correspondía

Suave de trato, con la mirada al aire, como una bandera náutica imposible de dejar de ver; José Luis tenía la energía de un gran escritor, y cuando apareció su libro sobre Sor Juana Inés de la Cruz, o el de Hernán Cortés (aquí viene el primer corte: Escribo los nombres, los datos, las fechas, los nombres de los lugares de nacimiento, con cierto temblor dubitativo, como mis primeros pasos después del accidente que iba a marcar mi vida para siempre).

Me acuerdo que en esa época tenía la ayuda de un gran chofer guanajuatense, llamado Miguel, y era tan perspicaz que, si miraba cerca de mis ojos a alguien medio amolado de la andadura, siempre se pasaba de inmediato al carril contrario… esa delicadeza con quien sufre no es muy profusa por desgracia.

Desde entonces supe lo que me esperaba, aún a pesar de mi optimismo ante la medicina alópata por descender de médicos prodigiosos y ante los resultados poco favorables a “la marcha”, como dicen los fisioterapeutas.

El caso es que me paso el día hablándole a Dios y a mis gentes de bata blanca, tal mi abuelo el doctor Mendoza Guzmán —ciego al final, y que iba a visitar a sus enfermos a sus lechos; le hablo a mi hermano Manuel para que me ayude en este viacrucis; a Eduardo Césarman, quien me venía a ver casi a diario –visita de doctor—, tomaba una coquita con pepitas y adiós.    

José Luis Martínez estaba casado con Mariquita y nos pasábamos las horas en la biblioteca de José sin encontrar mayor conversa que los libros prodigiosos que el escritor había logrado coleccionar, biblioteca ejemplar, hoy museo de consulta.

Pocas veces he conocido a hombres tan justos, cultos y bien educados… estar en su casa era como la recuperación de todos los sueños. Nos queríamos muy bien, él en su lugar consagrado, yo en los principios pobres de mi oficio de periodista.

Cuando José Luis se enteró que el periódico El Día me iba a enviar a Europa para escribir reportajes, lo anotó en la orilla de su corazón, que es donde uno es incapaz de olvidar lo allí apuntado.

Yo me fui primero a Francia, porque allí iba el Teatro Mexicano que dirigía mi hermano Héctor Azar, y luego vino la fiebre, que es el continente en los ojos de una niña poseída, que rogó y rogó en los cuartos de la azotea de mi tía-abuelita Lela, ver por piedad, aunque fuera una sola vez.

Y allí estaba contemplando las blusas de espuma de las tienditas de Venecia, los collares de granate de Florencia, etcétera.

De pronto, una mañana diáfana inolvidable, la señorita del escritorio de la entrada de la casa de huéspedes, Serena, me entregó una carta dirigida a mí y casi me desmayo, porque en mis fantasías más literarias nunca figuraba la llegada de una carta (¡y qué carta y de quién!). Decía que me enviaba —el remitente— unos centavos para mis alfileres. ¡Mis alfileres! Era como del tiempo de las sufragistas y la firmaba José Luis Martínez.

Un milagro, un acto maravilloso, como encontrarse a la entrada de San Marcos un ala de mariposa monarca. José sabía hablar al corazón de las personas, sobre todo como yo, que de la alacena del comedor de mi casa en Guanajuato no me había llevado nada porque: “si lo necesito, lo compro”, decía la ilusa.

Eran cien dólares, una fortuna que jamás poseí, y viniendo de ese hombre luminoso y bueno. Estoy escribiendo de él porque cumple cien años de haber nacido.

¿Cómo sería la patria entonces? Yo creo que muy parecida a  la actual, con los mismos problemas políticos, los mismos personajes traidores, la misma carestía y el horror triplicado de EU, con el loco sin bartolina que lo domina.

Por lo pronto, me asomo a la azotea de mi casa de El Naranjo, en Santa María la Ribera, y las esquinas son las mismas, enfrente vive las señoritas Lascuráin. En la tiendita hay chiles chilpocles que hace doña Petra, verdaderamente inolvidables. En fin, nada cambia, solamente nosotros, la generación ochentona, que empezamos a dejar ver alguna lonas y clavos olvidados.

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