Te veo desde mi librero

Me encanta la prensa de tul, como llamo a veces a la mal titulada “rosa” y tantísimo rozando la cursilería

 En realidad, es una especie de sobrevuelo en la serie­dad de los temas que rigen nuestro tiempo, sobre todo, el de nosotros los mexicanos, viendo mañana y noche los estropicios de la inmoralidad criminal, ya sean los sanquintines de los mítines o las tragedias dolientes dentro de los cuartos, con el hombre criminal matando a cuchillladas a la mujer y a los hijos porque su asquerosa presencia ha de haber producido lo mismo de rechazo desde la infancia (esas caras son las que imagino entran­do por la puerta de mi recámara en una noche de duer­mevela o declarado insomnio… la maldad, la vileza sin necesidad de subrayarlas).

Hay etapas en las que la vida se ocupa de recordarle al asombrado la realidad de la existencia… yo siempre digo (para enojo de mi hermana) que me ocurren tantas cosas infames que me hacen exclamar que estoy em­brujada y necesito un desembrujador… como somos ca­tólicas ambas y los buenos modos se nos dieron desde la casa, de niñas, eso de los fantasmas y demás no nos fue­ron dados para creer, sino, tal vez, para divertiros como cuando íbamos a dormir a las haciendas de unos cerca­nos y el sambenito de ir al baño significaba el colmo de la valentía… me acuerdo de toda una bolita cubierta con un solo jorongo atravesando los eternos corredores has­ta llegar al excusado helado, por supuesto, temblando de frío y de terror del “espanto” que todos juraban haber vis­to en otras vacaciones, y nosotros sólo el pavor de ir a dar pie con bola y el encadenado…

Yo no sé si de verdad alguien me echó el mal de ojo, pero de que me va mal, me va… No camino, no alcanzo a ver las letras de la tele, ir al teatro o al cine ni en sueños, lo demás, ¡mi Dios! No duermo, no como, no rijo —como decía mi abuela—, no corro, no voy al periódico… y así.

No obstante, se burla de mis “tules”, porque tengo cara de estarme muriendo de lo mal que me siento, pero eso sí, relumbran mis aretes, mi collar con el consabido portarretrato, los anillos del mercado y el listoncito de San Juditas cuidándome la muñeca derecha… claro.

Nadie cree que me estoy muriendo… (ni yo). Enton­ces, topan mis pobres ojos regados de bolitas coloradas que quién sabe qué anunciarán, con la fotografía de un hermoso perro canelo, fuerte y pesado, dormido afue­ra de la puerta de una casa, tal si esperara salir del mal sueño y volver a entrar a lo calientito, a los brazos de la dueña que le da las gracias en la mañana al despertar (yo) por volverlo a ver y seguir gozando de su pequeña y bella vida (le agradezco mirarnos y le digo sus sobrenombres: princesa, monarca, caramelo, tía Clo, etcétera). Al mis­mo tiempo le estoy dando las gracias a Dios por haber­me bendecido con esos hijos desarrapados de la calle que no me dejan dormir de cómo se mueven, corren en el sueño, se quejan, y vuelven a perdurar inconscientes en un campo verde con su mamá y su papá, como yo estaré alguna vez en el cielo (con mis padres y mis pe­rros)… Habrá un estadio lleno de penachos y de gatos, del perro gran danés llamado Dick y de la salchicha de mis dos añitos retratada conmigo en la terraza de la casa Art Nouveau que mi padre rentó en La Presa para aliviar mi tosferina…

Perdón por haberme desviado… El perrito del perió­dico es uno de los cachorros que ya creció y fue compra­do por padres irresponsables en una navidad, regalado al niño que lo pedía, y echado a la calle el 26 de diciem­bre con la mano en la cintura… El animalote espera, los dueños niegan, yo estoy llorando porque a mí también me han corrido de mansiones que creí para siempre… se llamaban paz, dinero, risa, protección y luego amor.

Amo a los animales, sus olores, sus húmedos hocicos, sus ojos de mis antepasados, sus movimientos cuando despiertan, sus lengüetazos y su saber pedir con los pu­ros ojos, cosa que aprendí muy bien, pero con poco éxito. De pronto, me doy cuenta de que estoy escribiendo de fotografías, como lo hacía al principio de mi oficio de pe­riodista… era una columna diaria y a veces me quebraba la choya para dar pie con bola… hasta descubrir el tesoro de mis estantes, esos retratos viejos vueltos joyas con el tiempo… mi padre Manuel me ve desde la octava tabla del librero. Muy serio, un poco enojado… no parece él y es él, tan pulcro como fue, más abajo los cuatro her­manos Mendoza (aún con vida El Códice, mi hermanito médico sacándonos de todas las enfermedades imagi­narias, y Xavier, el bien amado, el más bueno de los se­res humanos que me han sido dados a conocer y a vivir a su lado hasta su muerte, para desgracia mía.

Teresa y yo nos reímos porque siempre nos reímos; que no se me olvide contar que mi papá era a su vez hermano de mi tía Teresa y quien tuvo muchos hijos Boada, llamada por sus íntimos Cocuya, porque brilla­ba de tan hermosa. Con ella sí nos cansamos de llamar­la, saludarla, etcétera. Pero como se casó con mi primo nieto, siempre creyó que le íbamos a pedir algo de su inmensa riqueza.

El tesoro sigue allí, aún intocado; he de volver a él, ahora se me acabó el espacio… con esto del mal de ojo… Ojos que te quiero ver. Es cuestión de pedirle a Dios soli­daridad y piedad, que es lo urgente, pues tengo muchas tareas que hacer y no puedo salir ni a la esquina. Por ende me voy despidiendo, espero que nada más sea de estas líneas, y aprovecho para hacer extensiva la petición de solidaridad y piedad para todos los pueblos del mun­do que andamos a la deriva “en nombre del cielooo”.

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