Tener entre manos lo que no se puede hacer

Quedamos pocos vivos, pero lo parecemos, aun con las huellas de los sufrimientos, por muy silenciados que los transportemos. Hago lo posible por parecer de hierro, pero sin presenciar la interrupción del aire con la queja dolorosa de Gloria Ávila Romero, mi primera hermana caída en la tortura del cáncer, yo no soy nadie para fingirme impávida
 

Luego luego pienso en la celda donde agonizó durante años el rey de España, con la tela del camisón retejida en la piel, eso es terrible, no miro expresión de miedo, es verdad, y cuando trato de subir las piernas al lecho, no entiendo por qué me arden tanto. No creo merecerlo, pero siempre hay una pequeña criatura “triste como tú” que nos mira, dice Neruda. Y eso es todo el tiempo.  A veces me investigo la pierna, si ya está bordada al cuero de la carne, pero no, Dios sigue teniendo bondad.

Me urge aliviarme, porque es la historia de mi vida siempre que me van a dar un título o un premio; ahora hay una invitación prodigiosa de Socorro Díaz y no podré asistir ni siquiera siguiendo el misericordioso consejo del doctor Luis Guillermo Ibarra: “¿Por qué no nos conseguimos un maridito?”.

Yo sé que de las 3:35 a 4:00 horas de la mañana la soledad es casi intolerable, sobre todo por el frío y lo negro de afuera de la ventana del baño (es cuando descubro que he perdido las lágrimas para siempre y surgen con algunas palabras encarnadas: mamá, papá, patria, amor, etcétera).

El caso es que tengo entre manos la exigente presentación de un libro escrito por Elisa Lozano, titulado Mujer de todos los espacios, en el cual la señora historiadora desarrolla una verdadera investigación exhaustiva sobre su admirado objeto humano Alberto Isaac. Lucero Rueda, hija de un gran dibujante y copista a quien todos quisimos mucho, ése fue el arranque de esa no estrella fugaz, sino de un arcoíris inagotable; escenógrafa, directora de arte cinematográfico, guionista, pero, sobre todas las cosas, una mujer irrepetible, casada con Alberto Isaac, el hombre más guapo que he conocido en mi vida, la célebre Flecha de Colima, campeón olímpico.

Cuando Alberto nadaba en el mar, se llenaba de luces inigualables, era una estrella múltiple, un milagro, nunca algo igual, pero el secreto está dentro de él, en su preciosísimo carácter, en la abundancia de su corazón. Yo lo amé mucho, menos que Lucero, por supuesto.

Lucero tenía 15 años cuando tuvo la fortuna de conocerlo en el ateneo al que su padre concurría: enormes periodistas, grandes dibujantes, talentosos e inteligentes.

¡Por qué diablos no iba a ser Lucero así, con esa educación y ese desenvolvimiento magistral!

Alberto ya pasaba de los veintitantos años y yo no  creo que haya habido una mujer en la República Mexicana y de Atenas que no  estuviera enamorada de él.

Pero el libro no es sobre Alberto Isaac, sino sobre Lucero, y a mi manera de ver, habemos tal cantidad de personas dentro del mismo, que agobiamos al lector. Hay tantas llamadas al pie de página, que Teodoro W.  resulta un mandadero de botica junto a la apretada labor que no merece más que aplausos.

Pero yo enferma, semiciega, semiparalítica, también como en el poema Me estás negando tú.

Pero ése es otro cantar.

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