¿Qué te iba a decir?...

Los periodistas nos enfermamos con la misma frecuencia que los bienaventurados, esos privilegiados de los sueldos sobrevolantes o las de la ropa interior de oro purísimo, llenos de choferes y mayordomos
 

Bien me acuerdo de los empleados de la mansión en contraesquina de nuestras oficinas de publicidad, que salían cada lunes al balcón del hoy restaurante de lujo, y los cuales, con sus chalecos de rayita, le sacaban brillo a la platería, para dicha de José Carlos Becerra y su servidora, ya adoptada por el humor tropical del poeta de cualquier manera casi guanajuatense.

Yo no me les fui (como decía mi amado Ernesto de la Peña), porque Dios es grande y quién sabe que otras torturas me tenga preparadas…

Me interesan mucho los alrededores de las enfermedades, porque le sacan al paciente lo peor y lo mejor. Todo el día le digo a Dios que se haga lo que él ordena, aunque casi me sea imposible soportar el dolor de la pierna mal soldada y los adláteres, como son la tos, el catarro, la falta de sueño, de apetito, de energía para escribir… Pero como buena periodista, me gustaría saber cuántas veces habré escrito esta columna para cumplir con mi deber ineludible.

Cuando mi madre agonizaba, yo debía estar en un programa de tele con Luis G. Basurto, y cumplí, no obstante mi desesperación… Ahora escribo en la imaginación, pero sin fuerzas para levantarme de la cama y venir hasta mi computadora. Me sobrecoge la idea de morir y pienso en quienes no le temen al tránsito. Yo sí, y me despierto (si logro conciliar el sueño) gritándole a voz en cuello a mi madre para que me ayude. Nunca en mi vida me había sentido tan sola, es cuando entiendes lo que son en realidad el papá y la mamá, esas manos tibias en la frente, ese negarte el pedacito de pan que ruegas muerta de hambre (porque antes así se quitaban los males de la infancia y de la vejez). Hay  mañanas en las que abres los ojos y descubres francamente horrorizada tu brazo frente a tu cara de plano adelgazado, ¿pero cómo va a ser mío ese hueso?, ¿a qué hora?...

Sucede algo muy curioso en estos agonizamientos del año, por ejemplo, empezar a darse cuenta de que escribir se volvió levemente difícil y complicado, como si la fiebre y todo lo demás fueran en realidad algo peligroso, y todavía falta terror por sufrir.

Yo fuí una niña enferma y por eso leo tanto y por ello mismo mi referencia médica es muy digna de creerse. De chica me aliviaba en tres patadas o cuando más en un mes… ahora pasan los meses y yo cada vez estoy peor, con la desdicha de que mis dos eminencias (huesos y estómago) están enfermitos graves y así logramos un encantador trío del mejor ballet ruso…Soy nieta de médico (viejo y ciego, a la hora que fuera, iba a dar consulta él solo en su coche de caballos, allá en Celaya de los míos) y hermana de médico (y tía, y sobrina y etcétera). Manuel, El Códice, quien no me dejó ni medio minuto, así fueran las 4 de la mañana… La historia de mi vida es ésta, rodeada del cuerpo médico provinciano y todo, hoy, a estas alturas de mis últimos, a lo peor no voy a tener ni quien me dé la mano para despedirme.

¿Qué te iba a decir?, en realidad muchas notillas pepenadas al desgaire de mi malestar, pero, por supuesto, ya las olvidé. Tenía un recorte de una elefanta llamada Ely que volvió a inundar de amor mi corazón, que no es un descubrimiento, nació para amar a los animales; monumento de Dios, Ely fue rescatada de un circo en las últimas, ahora sobrevive, repuesta y esperanzada en el zoológico de San Juan de Aragón, esta es mi noticia feliz de tanta oscuridad. También logré salvar el retrato de Frida que me ha llevado a cumbres de gozo con su mirada de mujer empoderada y sus patitas con botas que suenan cuando camina tras, tras, tras, tras; dama retirada, evidentemente, abrirá en el cielo un cuarto para calentarle los pies a Nuestro Señor, junto con todos mis animales que se me han muerto y que ya están besándole los dedos al Creador.

Yo tenía una tía que se llamaba Lola Mendoza de Franco, casada con un adusto general celayense; cuando llegaba a la casa, siempre cubierta con un chal, ella que fue millonaria, daba inicio a la plática con mi mamá diciendo: ¿qué te iba a contar?... En honor a ella, me pregunto a mí misma en la humildad, ¿qué tesoro les tengo todavía reservado? Mañana es Noche Vieja, que Dios nos asista en el ‘18, dos globos amarrados.

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