Me olvidé de olvidarte

Hay millones de personas sufrientes del temor de volverse locas, muy probablemente estimuladas por experiencias familiares o lecturas mal digeridas. 

En memoria de mi amado primo hermano,

                Héctor Fink Mendoza.

En lo personal —perdón, soy la mujer que tengo más a la mano— y a pesar del desfile (generalmente encantador) de parientes más o menos pintados, como una adorable tía paterna deslizándose suavemente a la extravagancia que a nosotros nos divertía mucho, como detener los hilos idos de sus medias con alfileres de seguridad o irnos a espiar en los cortejos de boda en la cual participábamos, parada en la acera de enfrente de la iglesia, cubierta por un tupido velo negro. Hablaba con un gran ardor y una cierta inteligencia en vías de extinción… siempre empezaba el relato de hechos muy antiguos con la frase “tú verás” o “déjame que te platique”. 

Otro tío precioso fue un médico acertadísimo, como su padre, mi abuelo, pero sus rarezas iban creciendo a grados preocupantes hasta dejar Celaya y venirse a la capital, donde fue bastante célebre con sus despilfarros, pues eran los tiempos de vacas gordas de mi familia paterna. De pronto desapareció y solamente, cada de vez en cuando, nos llegaban huacales de mangos verdes, sandías o diamantinas pomas dulcísimas. Mas su paradero era secreto y quizá nada más mi padre lo descubría examinando con lupa el sello postal (decían que se disfrazaba de japonesa… a saber).

Por el lado materno también de que los hay los hay, pero como todos estamos un tanto virolos, trastornados, lunáticos y tarantos, entre tanta bola es difícil hacer notar a uno u otro. Nuestra capacidad de risa, de humor negro, de desinterés por dineros y fortunas, el talento y la inteligencia en muchos, la obsesión amorosa, el desprecio por la pomposidad y las caras largas, la tenacidad en el trabajo y la dignidad revuelta con el rencor nos salvan del calificativo de insania. Por lo menos yo, no temo quedarme lela en la locura, ha de ser porque toda mi vida he sido calificada de loquita mansa, por abierta a la verdad, a realizar sin titubeos lo deseado, por extrovertida y yo creo también, por buena. Una vez mi hermanito Xavier fue víctima de tamaña loza desprendida de la fachada de un hospital, por cierto… allí lo internaron… nosotros nos sentimos muy satisfechos —en la angustia intolerable— de que al fin, de tacharlo cual medio loco, lo iba a ser entero, pues el golpe le sucedió en la cabeza.

En fin, todo esto es por la desmemoria que sí nos trae por la calle de la amargura. Somos tan amantes del pasado, tenemos un sentido tan doloroso de la pérdida, nos perturba inclemente el hecho de no encontrar en la memoria la palabra exacta, el nombre del fulano con el cual hablamos, disimulando el “quién demonios es éste”, la fecha, la marca, la raza, ¿cómo sigue La Magnífica después de rezar la mitad?, ¿a qué ópera corresponde esa aria que canto y me sé sin tropiezo?, etcétera. La memoria  de hoy, porque la de los antes es pan comido.

Dicen que en Canadá dieron por casualidad (sí, doctor Freud) con un inesperado remedio, retornador de la dichosa memoria. Que a un gordo mórbido (como siciliano) sometiósele al implante de electrodos estimulantes, y de pronto, quién sabe si adelgazó, pero empezó a recordar ahora sí que como loco escenas de su vida a los veinte años, nombres y cuanto hay. Los doctores se pusieron contentos como locos porque a la mejor empezaban a dar con un remedio contra el Alzheimer, ese mal maligno traedor de todos en el balbuceo cuando de acordarse de algo se trata.

Para mí, como escritora, es mortal estar frente a la computadora sin escribir porque no me acuerdo de la perfecta palabra necesaria para expresar lo intentado. Ganarse la vida, la hogaza (no el pan, y no porque engorde); el humo en el cerebro es casi la muerte. Hacer ejercicios de memoria, aunque de pronto, durante un concierto de cámara del puro gusto se grite “¡aluvión!”, “¡esmerilar!”, “¡adoquín”, ante el desconcierto del respetable.

No necesito en realidad ir a Canadá a que me operen… recuerdo todo en la saudade, mis vivos y mis muertos, pero sé que estamos ante grandes descubrimientos. Volteé usted a verme: “¡Aleluya!”…

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