El dolor humano

Este mundo turbulento que nos tocó vivir a todos aquellos conocedores de lo que fueron los cincuenta, digamos, todavía los setenta, cuando salíamos de la guardia del periódico a las doce de la noche y nos íbamos caminando a nuestras casas tan tranquilos… 
 

Bueno, antes de los 15 años vivíamos en Santa María la Ribera y ya entrada la noche, recorríamos Mara Rosas y yo la mitad de la colonia —de la calle Naranjo a lo que hoy sería la salida a Querétaro— de ida y vuelta, otra vez (ya ven que las adolescentes tienen mil historias de amor que contarse), este mundo, insisto, no va con nosotros. Es terrible y nauseabundo. Los periódicos ya están inoculados de la televisión crudelísima, en la cual aparecen los crímenes más deleznables, las matazones de seres humanos, jóvenes o viejos, de animales indefensos y hasta de pescados de plata que nadan en esa especie de inconciencia que los hace sólo abrir la boca incesantemente.

A tal grado ha llegado el trompeterío ¿de Jericó?, que hasta los suplementos de los grandes periódicos españoles, leídos por mí con un inmenso placer por sus buenos colaboradores, los temas tratados y los nombres de los pueblos castellanos y catalanes, que tan buenos recuerdos me traen en mi vida tan cercana a los refugiados republicanos, agobian en la actualidad con tanto sufrimiento humano, ya no digo el indescriptible de los que huyen de la guerra y la miseria en una patera cargando niños, todos muriendo de hambre, enfermos, malolientes y con el eterno llanto de las criaturas sin agua ni alimento alguno durante el infernal viaje por el mar. Ya no las mujeres, insistentes primeras figuras del gran drama del machismo y cuyas heridas y asesinato son maquinaria imparable en el mundo entero. ¿Sigo?...

Y México. Duele tanto el cuerpo con lo que está ocurriendo sinfín. Yo creo firmemente en cómo coinciden los actos propios con los grandes dolientes acontecimientos mundiales.

El periodismo contemporáneo ofrece un horizonte espeluznante, para eso está, es la sagrada información, a la que acudo cada mañana a la hora de persignarme y darle las gracias a Dios por seguir viva, y a mis perros por acompañarme con sus dignidades incomparables. Y cada noche, que debería ser la del descanso y la dicha, como ver en la tele Downton Abbey, tan nos rendimos hace años con Brideshead Revisited o aquella obra perfecta que fue Los de arriba y los de abajo, pero, en su lugar, veo costales llenos de miembros amputados echados al río y nos estremece el crimen de los estudiantes…

Decía que lo que transcurre afuera del cuerpo tiene que caer, de no sé cuál manera, en la interioridad propia… me lastima a tal grado el acontecer actual que, intermitentemente, caigo en una especie de agonía adelantada…

“¡Me muro!”, exclamaba el gran actor por décima vez en una filmación de cine, preso de la traición subconsciente que le impedía pronunciar bien tan fácil exclamación… El corte inmediato y otra vez la herida en la dicción. Así estoy, sin saber de la llaga interna, y entonces viene la debilidad, la falta de equilibrio, la terrible enfermedad del estómago, las humillantes impertinencias del vómito, las caídas súbitas en la oscuridad de la noche, caminando como beoda a la madrugada; el insomnio, correr las cortinas para ver amanecer, novelar la novela que no escribes, tu propia muerte siempre presente, penar en los muertos de uno que ustedes ya saben de los míos, asustarme, caer en un semisueño y ver clarito a mi mamá junto a mí, calmando con su “imperio silencioso”.

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