Tantos recuerdos de Gabo lo hacen más entrañable
Hubo un tiempo de espera, de aguardar con la paciencia necesaria la plática sabrosa, la mirada significativa, la jacaranda de la risa de Gabo García Márquez; se hacía la chorcha, todo cobraba vida y con la pureza de la amistad surgían hechos, anécdotas, profecías, advertencias y siempre la risa como un regalo inesperado y elaborado cada vez más hasta ser un documento verdaderamente encantador
Nunca necesitamos ninguno las viandas que describíamos en nuestras novelas, el alimento era bienvenido porque significaba el triunfo de estar la bola de acuerdo.
Más de pronto empezó poco a poco a estar más callado y mi acendrado sentimiento de culpa funcionó. Fui incapaz de darme cuenta que, o planeaba una nueva novela o pensaba en la ciudad que lo atrapó para siempre y regresar a ella ahoritita mismo. ¿O era otra cosa, como un dolor desconocido y quizá preocupante?... No lo sé, lo que sí me es familiar es que en aquel tiempo lejano de chicos nos enfermábamos de unas dolencias que desaparecían en tres patadas, aunque hubieran durado semanas y meses... Luego luego, después de aprender a andar de nuevo por la debilidad que otorga el mal en la infancia, a jugar al avión, a las canicas, las niñas con los niños en una revoltura fantástica, muy parecida a la que asistíamos con un Gabito bien amado alejándose de nosotros.
Porque ya sabemos que el llegar a eso que se llama edad avanzada empieza algo sin remedio: el tedio, la impaciencia, la recordadera y las grandes decepciones… es que ya se sabe todo… es un decir… pero es también verdad.
Gabo lo sabía todo y tal vez por eso meditaba. Entró al tiempo de la recaudación, él era un genio total, y el horror de saberlo y, peor aún, constatarlo, ha de ser terrible.
Como todos caminamos en el número ochenta sin quererlo ni pedirlo, a Gabo le sorprendió un día la edad y quedóse perplejo, como muchos de sus maravillosos personajes.
Es que ser grande de veras (y no digo viejo, por respeto precisamente a la bola… entonces, padecemos la misma enfermedad que yo decía: la que no se cura con rapidez, sino con una lentitud evidente, poco a poco, pues. Ya no hay “avión”, y el tanque con agua café, como era el de mi niñez pueblerina, ya no existe, ni el terreno que limpiamos tal una taza de porcelana y en el que jugamos horas enteras algo parecido al tenis.
Un día, Gabito nos dejó y en lo que a mí toca, la remembranza es muy dolorosa cada vez más, pues muchos amigos también pasaron a otros ámbitos donde son felices, espero (como espero en el tiempo verlos de nuevo).
Espera y tiempo. Todos mis amigos brincan el “avión” de la ochentada, por eso entendemos muy bien lo de la separación.
Gabo dejó una obra monumental, nosotros apenas una varita de paja, pero eso no aminora la pena; recordar su generosa presencia en mi boda y verlo firmar como testigo (¿cuánto por la página en la Presidencia Municipal de Atlixco en Puebla?).
Mucha vida vivida juntos, él y la Gaba rescatados por mi esposo, mi colega Wong y yo viajando a mi casa por un bistec que yo intenté comprar y no nos quisieron vender en una hotdogería.
Ese día con Gabo recostado en la ventana salida de mi casa conocí la importancia de Gabo con mi teléfono congestionado de llamadas de todas las redacciones del mundo, experiencia que viví de nuevo cuando le otorgaron el Premio Nobel y el mundo entero se fue, dejándome sola en la casa de Gabo, contestando el teléfono, a veces con mi desarmado inglés de Katy Jurado.
No puedo olvidar la estampa del pintor magnífico Obregón llegando a casa de Álvaro Mutis, cargando a Juan García Ponce… todos a las carcajadas.
