Apenas una mirada sobre ti, García Márquez
Es muy fácil dar inicio a mi artículo final de la hermosa cabeza de Gabriel García Márquez, lo difícil es reducir aquel mundo apretado de maravillas, digo, porque no podría imaginar siquiera que García Márquez fuera a ser mi testigo de boda. Pues lo fue, en el huerto de la casa de campo
de Héctor Azar, en Atlixco, Puebla. Todo era inolvidable. Las caras eran perceptibles como recién bañadas, operadas o algo así. No hay esnobismo. Parecía una película francesa, cuyo anfitrión enamorado de la nieta y ante su decisión de volver a París, después de una llamada íntima, sentada al volante de su auto, oye al anciano decirle: “¡No envejezcas nunca!”…
Si hubiéramos hecho caso de ser los escuchas, estaríamos aún con aquella cara, el cabello nuevo enredado, los dientes al aire y ninguno hubiera sufrido este calvario que nadie nos dijo que sería el irse de la Tierra.
Tampoco nadie se habría muerto como nos ha tocado atestiguar ¡Dios mío, nos parecieron siempre tan jóvenes todos! Total, ocurrió en una de esas ráfagas que pasan por la frente a Rosalba: recuperar una parte pesarosa de lo que se ha escrito sobre Gabriel García Márquez, notas, entrevistas, crónicas, en fin, sino todo lo inacabable dicho de su prodigiosa vida, sí parte de lo más importante.
Debe ser muy interesante ir cotejando las coincidencias y quizá contrarios concretos, pero abunda una copiosa admiración, es la misma que se observa si al dar clase uno como maestro, se encuentra sólo con el estupor del alumno.
Creo en la necesidad de un buen y largo juicio con textos aquí repetidos, pues la mayoría es de una asombrosa brillantez; francamente, no sé, no entiendo el fenómeno del aplauso general... ha de ser simplemente que las buenas joyas engarzadas con maestría lucen sin más.
Para nosotros los lectores es un placer mayor que las tiaras de las reinas actuales. Una página de López Velarde, un poema de José Gorostiza, de Virginia Woolf, de José Carlos Becerra, en fin.
Nota: He leído un borrador con una enorme dificultad por estar la letra muy pequeña, y por mis pobres ojos, es imposible leer de ninguna manera.
Ahora bien, si en nuestro país las editoras se propusieran publicar algo así, una recopilación, por ejemplo, la obra completa de José Emilio Pacheco, de Ángeles Mastretta, en fin, encontraríamos cincuenta artistas de los verdaderos, cubriríamos de gloria esta vez, no de futbol, e iríamos a cortar limones al árbol que ella sembró.
Me conmueve mucho este detalle humano.
