Gabo, que te quiero Gabo
Otra vez, cuando yo conocí a Gabo García Márquez tenía unas piernas bien calzadas y trepábamos las montañas como si fueran dibujos de niños.
Ya lo dije. Éramos tan jóvenes que trepar los cerros no tenía molestia cual ninguna. Lo extraordinario es no habernos caído desde las cúspides aquéllas, como si fuéramos gamos o ciervos. Simplemente niños.
Ahora ya somos grandes y leemos lo que los demás han escrito de Gabito, ese maravilloso muchacho casado con La Gaba y que era en mucho el único de mis amigos pasados por las armas del matrimonio, pero porque él lo quiso… haga usted de cuenta que tiene unos diez años y un muchacho le dice a usted precisamente que algún día se va a casar con usted merita. Es el sueño de amor de las chamacas, lo nunca visto por supuesto, y lo fantástico es que esa persona joven y hermosa como el Gabo del cuento vaya y le pida a La Gabita un matrimonio de a deberás.
Allí están los dos muchachos tan bellos esperándolos. Uno va a ser el mejor cineasta para quien esto escribe, alto y guapo como él solo, y el otro es un chico aparecido de pronto en una calle de París, cuando Chaneca Maldonado y yo tomábamos un café muy quitadas de la pena y él venía con dos o tres jóvenes, sus compañeros de escuela, todos estudiando música si no me equivoco. El hijo jovencito de los Gabos era el ser más guapo de París, y tan amable, tan gentil. Venía de su casa que yo ya conocía, un departamento precioso, oscurón es verdad, pero de un calorcito único… además estaba en París, ya lo dije, y el hijo de los muchachos lo habitaba todavía sin casarse con Pía, la hija de Salvador Elizondo.
En realidad, yo ya conocía todo lo referente a los García Márquez. La casa, por ejemplo, de la Ciudad de México, construida por el arquitecto Parra, el papá de Riqui, mi amiga bien amada, y vista en la intimidad en realidad por la generosidad de Chaneca, quien era en esos entonces una especie de hermana mía y de los Gabitos, y así sabía ya de los forros de la sala a veces blancos, a veces de cuadritos o rojos, una maravilla. Esa casa del jardín me maravilló desde siempre y les ofreció a mi vidriero, mi ventanero, mi artista especial, para que les hiciera a su vez una vidriera preciosa que parecía seguir mis vidrieras estilo art nouveau, descubiertas entre un montón de divinidades hechas por un japonés de paso por Tenochtitlan. Quiero dejar aquí mis impresiones de la casa susodicha, pues significa una de esas estampidas de luces y cuartos mágicos casi inexistentes.
Hay que hacer notar que Gabita es una de las mujeres mejor vestidas que conozco en la faz de la Tierra. Su buen gusto no tiene par, le he visto trajes de un buen gusto único, y si bien es verdad que el traje maravilloso que llevó a Europa la tarde que le otorgaron a su marido el Premio Nobel, yo no tuve el honor de verlo con mis ojos semiciegos, porque no tuve oro de Moscú (o como decíamos antes), sí constaté una docena, por lo menos, quizá porque era pobre-pobre, pero el regusto por lo nunca visto no se me ha quitado, es cuestión de familia, eso que ni qué.
Debo contar el vestido que La Gaba estrenó el día que el Presidente de la República le otorgó el Águila Azteca, distinción que se le da a quien honra a nuestra patria con la obra, el comportamiento, el amor pues, y Gabriel García Márquez siempre fue un enamorado de México.
En aquellos tiempos yo era una periodista audaz, como quien dice, y por eso me invitaban a las grandes ocasiones, sobre todo, las que se realizaban en la Presidencia de la República, en uno de sus salones amplísimos y de techos altos. Allí estábamos los reporteros carcamoneros y por ello mismo me sentí muy a gusto con la invitación. También estrené traje —rosa de palo— y me quedaba que ni pintado. Estrené igualmente zapatos marca Chanel, que a Chaneca le gustaron mucho y a mí me dio por quitármelos en plena Presidencia sin pudor ni nada, simplemente se los puse en las manos a mi amiga que los vio con atención y con atención le vieron los cacles todos los que rodeaban la escena sin igual… ella y yo éramos como hermanas, no sé por qué íbamos a tener pena o lo que fuera. A la mañana siguiente aparecimos en la primera página de mi periódico Excélsior muy descalzas, muy orondas, fuimos la sensación, le robamos un pellizquito a Gabo de la fama mundial.
De ese día recuerdo la luz del salón, el aroma del jardín de la Presidencia colándose por las puertas abiertas, la distinción de La Gaba con un traje oscuro absolutamente despampanante, ni siquiera la reina de Inglaterra traería algo igual, bueno, la reina de Inglaterra siempre usa unos vestidos como de San Juan de Letrán con su bolsa del 15 de septiembre.
