Gabriel García Márquez. Y ya
Cuando conocí a Gabriel García Márquez éramos muy jóvenes y yo creo que nos observábamos entre todos para adivinar qué éramos. Yo lo veía como un muchacho costeño con el cabello acairelado y unos ojos formidables, vigías, negros, brillantes, y tamaño bigote
Ella, La Gaba, como le decíamos antes y yo sigo con la manía (ahora es Meche), su preciosura estaba tal vez en los pómulos y la boca llenita, hinchada de juventud. Suave La Gaba hablaba poco y emitía una gentileza admirable de discreción de la que yo carecía. La reunión que más recuerdo era en un departamento que daba a Reforma y los muchos allí hablando de literatura, cine, teatro y cualquier manifestación hermosa de cultura. Comíamos poco y bebíamos mucho, reíamos y a veces pasaba el velo del ángel negro recordándonos guerras, exilios, pobrezas, soledades, pero los dejábamos inexistentes con sólo darnos cuenta de lo felices que éramos.
Gabo escribía novelas, no las contaba, y en ese entonces se preparaba para la más grande, regresando a las lluvias, los animales, los secretos, lo sobrenatural y la alegría de vivir. Estaban los García Ascot, la pareja más bella de la localidad, a los cuales quitarles los ojos de encima costaba lo que les platiqué. Los nombro porque en el destino ya estaba escrito que a ellos Gabo les iba a dedicar la gran novela de su acervo Cien Años de Soledad, que yo creo aún no existía en su mesa de trabajo donde Dios lo iluminó, mesa que tiene en su casa Chaneca Maldonado.
A continuación vino la locura, Gabo había escrito la maravilla de las letras, entregada a la editorial y el libro empezaba a estremecer los cuartos en donde se leía como el primer libro de la existencia… de pronto, todos los escritores se volvieron chiquititos, algo muy extraño porque nos movíamos entre la obra de los excelsos y si bajábamos los ojos al presente apenas Navokov o Laurence nos satisfacía. Sí, éramos snobs por antonomasia, pero lo merecíamos por edad, nos veíamos con desconfianza de que alguno estuviera escribiendo algo valioso cuando nosotros nada más leíamos y regresábamos a la gran risa universal que nos sustentaba, por ejemplo, del esfumarse de la Unión Soviética, de la dura verdad de la pérdida de la España republicana que nos llenaba de orgullo y ahora nos hacía sentirnos en ese páramo que en la actualidad hemos vuelto.
Ya no están Hitler ni Stalin ni Franco, por hablar de los más horrendos. Pero tenemos a un Trump con las manos regordetas, apretando los naipes de la libertad de todos los países que se le ocurran. Indudablemente somos uno de los elegidos por el color de nuestra piel.
Yo he escrito muchas páginas de esa época. Jomi entrando al departamento de dibujo donde trabajábamos el arquitecto Blandino García Ascot y yo… la conmoción ante su galanura y apostura y todo lo que usted quiera y mande.
Blandino me enseñó mucho de la España republicana, su amor lo compartí con él, sus viajes en el tren que su padre coordinaba en toda España, la del amarillo y morado. El arquitecto celebraba las fiestas republicanas con una pasión conmovedora, igual a la que yo siento por las fiestas provincianas de mi tierra.
Cuando fui a España, tal vez el arquitecto ya habría muerto, pero estuvo conmigo las muchas veces que visité su patria y se la dediqué amorosamente.
Decía que mucho he escrito sobre este girón de tiempo con Gabo llenándonos de flores y de alegría, todas las rosas amarillas que llenaron su casa el día en que fue conocido el Premio Nobel y yo estaba allí milagrosamente, y me quedé contestando el teléfono con llamadas de todo el mundo, lo juro, y yo con mi inglés de Katy Jurado, mi emoción al cien por ciento, mareada del millar de rosas, insisto, lleno el garaje, y el comedor, la sala y todo.
Y nadie más que yo y el servicio de los Gabos, y el teléfono, las rosas y las margaritas, y cuando me fui mareada de amor y de aroma, llegó el enorme y entrañable amigo de Gabo y dicen que preguntó asustado… había viajado en avión hasta la casa de los García y preguntó ¿quién se murió?
