Trato de alegrar a quienes me enseñan el horror que vivimos

En esta respetable página de mi periódico hay comentarios elevados de mis compañeros que respeto enormemente 
y leo para aprender algo a estas alturas del partido, cuando tengo como cincuenta años de ganarme 
la hogaza encuerada de sapiencia.

Se me ha ido la vida en leer sin descanso y en la noche, cuando mi madre me gritaba desde su recámara “ya apaga la luz”, simplemente metía entre las cobijas una lámpara de mano y seguía en la pasión.

Igual que fui niña reumática (me acuerdo del olor del alcohol con mariguana que me untaba en las piernas mi mamá y santo remedio; en mi ciudad esa era la medicina sin prejuicio), pues de igual manera evoco mi vocación de leer por los innumerables libros que me llevaba mi padre a la cama de enferma de todo, amén de los libros que había en su biblioteca de abogado antiguo, que yo leía con dicha sin igual hasta que mi mamá me impuso el ridículo Index librorum o algo así y me arrebató la Catedral de Notre Dame de París, con su fantasma, sus miserables y todo lo que sucedía en aquella gloriosa historia que fui a rascar a la Ciudad de la Luz ya grandecita y sin la inocencia de mi cama y mi hambre y mis leyes de dormir por horas.

Todo esto es para explicar a los lectores, si alguno tropieza por equivocación con las letras de su servidora, que pretendo alejarme y alejar a quien me honra, con su mirada de los tiempos dolorosos que estamos viviendo.

Yo por lo menos siento que son tan escombros como los del temblor en mi ciudad escogida para en ella estudiar, vivir y morir.

Estoy de baja presión por mis enfermedades maduras, ya no aquéllas de chiquilla flaca y pueblerina. Semiciega, semi impedida de correr tal cual lo hacía por donde fuera, corredora de larga distancia, ahora estoy de veras impedida para todo y eso me produce una gran tristeza, porque no quiero ser ancla de nadie, y así la soledad de la que hablan los filósofos con tanta naturalidad se revela como la intolerable compañera silencia y mal encarada; que está siempre presente, al irse a dormir, al despertar, al arreglarse el maquillaje en el espejo… ahí la veo, esta vez sonriente como burlándose.

No entiendo mi circunstancia, nadie me la contó así. Yo lo que ya vi de quienes cumplían edad es que subían y bajaban escaleras como si nada, cuando más un poco lentas, pero nada exhibible. Un buen o mal día se enfermaban y las llevaban al hospital y allí se morían y ya, sin las grandes actuaciones del cine y con gran naturalidad.

La familia nos enseñó a no llorar a gritos, sino guardando un silencio de iglesia, todo ocurría en la severidad… afuera, en el patio en la terraza era el murmullo, la repartición de noticias y la risa contenida, el relato envidioso o admirable… un mundo de fantástico buen fraterno final de foda de angioma, quien se quiso porque junto a ella se vio transcurrir el tiempo.

Ahora, en vísperas de los días de muertos, toda mi familia está poniendo su ofrenda en un altar casero con calaveritas, muchas flores de cempasúchil y las otras flores moradas como de seda y, por supuesto, las fotografías de nuestros amorosos que callan, padres, madres, hermanos (¡oh, códice!), primas, amiguísimos (hermanos) y hasta las nanas que se amaron (Enedina, Ángela, etcétera).

Y pongo la ofrenda en el suelo, frente a la escalera, y uno así al subir la va viendo y se descubren también retratos de mis perros bien amados.

Yo quisiera contarles algo diferente, que alegre y  haga olvidar un poco tanta desdicha de este tiempo sin caridad y con la amenaza constante de Trump, que ruego se me perdone nombrarlo… después de todo, hace juego con los alebrijes de los días de muertos.

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