Arquitecto Manuel Parra. Más que un arquitecto fue una novela

Manuel Parra, hijo pródigo, atemporal en su arquitectura, atrapó lo que él más quería del mundo, para preservar aquello que amaba y admiraba, a manera de un mago o un chamán… Iba colocando las piezas como un gran rompecabezas en sus casas, en su imaginación y en su vida… último romántico. 
 

Así da inicio la pintora Carmen Parra su precioso texto sobre su padre, el arquitecto de nuestra irredenta admiración, homenajeado en el Museo de El Carmen, con un altar en conmemoración de su muerte. El arquitecto Parra está en mi ramo luminoso de muertos que reverencio todos los días de los años, por ello, en dicho altar he multiplicado mis amorosos réquiems en su memoria sagrada. El arquitecto Parra construyó las capillas posas y participó en la restauración del altar de la Virgen del Carmen.

Ocurre que en el espacio creado por el gran arquitecto fray Andrés de San Miguel, en el siglo XVII, fue donde pasó su infancia Carmen Parra conociendo así parte amorosa de la obra enorme de su padre. Por ello, el texto que hoy entresaco, apenas para honrar a mi vez a esa familia entrañable en mi propia vida, lo saco de mi intimidad para señalar el conmovedor hecho que Riqui, la hija, me hace notar de su padre: “Más que un arquitecto fue una novela”, y esa afirmación me emociona todavía más, pues me trae a la imaginación al arquitecto pasando largas temporadas en la ciudad de Venecia que lo cautivó y lo arropó con la misma pasión que el pueblo de México.

Su relación con los hombres dedicados a la construcción fue ejemplar y no terminó nunca. Pues sus casas fueron hechas a mano y con las manos de los profesionales, con los cuales fincó grandes amistades, se hizo compadre y pasaron los años juntos construyendo distintos muros y múltiples cientos de techos y cúpulas. No cesó de concebir un México recuperado de las demoliciones, salvándolas de terminar en un tiradero… “Compraba fachadas enteras, pisos de cantera, techos, gualdras, ladrillos, lambrines y con su lápiz e imaginación reconstruía en su escritorio el tiempo donde en sus casas habitaba la luz y volvía los espacios cotidianos en espacios de celebración para la convivencia de las muchas familias a las que construyó sus casas. Se declaraba alumno de Chucho Reyes y creó un lenguaje inédito para su momento en el arte posrevolucionario…

No sólo construía casas, también muebles maravillosos en madera virgen que en el mejor rincón del cuarto lucen como recién salidos del vientre de los arcángeles (¿los arcángeles tienen vientre?)…

Es largo el texto de Carmen Parra y me constriño a pescar algunos peces dorados, aunque carezcan de pronto del brillo de la prosa riqueana… casi riqueana… Y así nos cuenta cuando comía el arquitecto e invitaba a sus amigos a saborear verduras mexicas, aparentemente nunca vistas, sobre todo, porque venían a la mesa en sus primeros tiempos en vajillas de talavera, y luego de Gorky González, nuestro premio nacional guanajuatense, a quien el arquitecto trata como el hijo que no tuvo…

Yo recuerdo una comida fantástica en una casita cerrera que hizo el arquitecto y, por supuesto, Gorky nuestro amado y generoso amigo, insertó un horno que acorriendo me llevó a Ávila, mi ciudad del corazón… Allí las mujeres de los señores nos cocinaron platillos fabulosos que ya quisieran para un día de fiesta en la mejor comilona de los ricachos.

Para distraernos un poco de tanta suntuosidad, quiero atrapar otras letras de la pintora Parra: Los jardines diseñados por su padre (como los de don Carlos Prieto, dueño de un gran jardín botánico en Tecolutla y hacedor, creador como Parra, de San Ángel… las plantas son: nopalillos, ahuehuetes, colorines, buganvilias, sábilas, jacarandas, plantas nativas de nuestra patria.

Día de muertos. Me siento en mi mejor rincón y pienso en ellos, y le pido prestadas sus letras a Carmen Parra para que usted pueda leerlas enteras en el Museo de El Carmen, haciéndonos el honor de honrar, una vez más, a un grande de México: don Manuel Parra.

Temas: