Revisitación en homenaje a Guadalupe Dueñas

En los primeros años del siglo pasado, en los alzamientos con sus revueltas independentistas y su deseo enloquecido (ya vemos los resultados) nació ahora sí que la preciosa niña Guadalupe Dueñas. 
 

Era muy bien hecha, con un cuerpo cadencioso y los ojos tapatíos correspondientes. Yo siempre la vi bonita y poseía aquel verse decente siempre, como diría mi madre sentada en la sala de mi casa de provincia. Éramos del Bajío y por su magnífica escritura saltarina, aguda, desgarradora y de humor negro, Pita, Guadalupe, nunca negó la cruz de su parroquia: nadie que no tuviera su origen, su dinastía creciendo junto a más de diez hermanos en la sombreada casa de un segundo piso (según mi endeble recuerdo) habitado antes por Xavier Villaurrutia y para mí su carga de poesía.

Fue la primigenia, pero no lo fue porque antes nació una hermanita que murió de inmediato y fue conservada en un pomo bien cerrado para no olvidarla. Fue una madre dadivosa y proveedora, pero lo fue porque los hijos creados por ella eran sus hermanos.  Creció en el seno de una familia “de chiflados” así lo decía ella y desde la “selva de pañales” lo primordial era el pleito eterno que ejecutaban todos los días de Dios su padre y su madre.

Pita se parecía a muchas mujercitas de mi tiempo, y no se casó porque en el fondo una especie de terror va creciendo en las niñas que viven ese martirio de odio en el matrimonio. No hay besos, sino alaridos, y ninguno de los niños está trabajando en su interior para ser algo “de grandes”, pues el paisaje no es placentero, sino de puros derrumbes, como los que nosotros vemos después de los temblores.

Pita Dueñas fue hacedora de leyendas que los demás tejían a su alrededor Si la palabra magnífica es de a de veras, si su literatura gana, yo fui su espectadora, como quien dice, la vi en su belleza digamos serena, en su amistad con Rosario Castellanos, tan honda que salió la otra grandísima poeta vestida de novia de la casa de Pita. No hay mayor amistad (en Guanajuato así ocurrió en la casa de mi abuela con Eloisa Jaime de blanco incólume, rumbo a su matrimonio con Luis Rodríguez. Ella era amiga íntima de mi madre y de mis tías, y las muchachas vivían una enfrente a la otra en casas de la calle de Pocitos).

Así Pita y Rosario siguieron su juventud juntas como las chicas de mi provincia… nada más que al pasar los años, Pita y Rosario se disgustaron por quitarme estas pajas o no sabemos nadie por qué, ése fue otro de los secretos que ambas se llevaron a la tumba, ya escritoras consagradas y Rosario madre de Gabriel, el intelectual respetadísimo hijo a su vez de Ricardo Guerra, mi amigo, y separado años después de Chayo quien, bien lo sabemos, bajando los ojos con lágrimas (que todavía por lo menos yo tenía) habría de morir accidentalmente en Israel, siendo nuestra embajadora plenipotenciaria.

En fin, es la hora de dar inicio a los homenajes más que merecidos para Guadalupe, la del nombre regio de México. Para ello tengo en las manos el gran libro, otro más firmado por Patricia Rosas Lopátegui, quien se distingue por su seriedad, la firmeza de su vocación generosa, a fuer de dar a conocer a los grandes escritores que nos honran y que tan seguido olvidamos. Lo edita nada menos que el Fondo de Cultura Económica en un diseño que francamente a mí me quitó el aliento de tan espléndido, original y justo con México: una composición exquisita de frutas, dulces, conservas, pomos, fruteros, una verdadera maravilla antigua, hay hasta una cajeta de Celaya en su cajita muy antigua de madera suave y que le adivino la hostia que la cubre. Dice encima: “Obras Completas Guadalupe Dueñas”. El libro se abre con una introducción, todo un ensayo, de la impecable escritora Beatriz Espejo, de quien espero también un tomo de su obra. Ella, la tenaz maestra de la UNAM, la escritora siempre recibida con ovaciones, nos da un retrato de Pita que bien vale por todo el libro, lo cual no es textual, pero no sé cómo elogiarla.

Repasar las letras de Guadalupe Dueñas es un placer, y éste es un doble triunfo para la Lopátegui y ni qué decir del FCE.

Después de la catástrofe, recobramos la esperanza.

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