Lo sé de memoria

He investigado la estupefacción sentida por mí y por otros muchos de mis iguales después del temblor. Un vacío interior que no ordena el movimiento, la risa, planear una acción diaria, sino solamente estar imitando a esos pobrecitos afuera de las iglesias con la mano extendida esperando una limosna. No piensan, no quieren, sin hambre, sin nada que te mueva la entraña, que te haga tronar el esqueleto

Así me encuentro a veces, y me asusto porque ese personaje triste vestido de negro sin un collar, una risa, un plan, no soy yo.

Rosalba me quiere llevar a Guadalajara a que presencie lo que es una gran feria de los libros y vuelva de paso a respirar aquel aire de patio mojado de las hospederías, donde nos llevaba mi padre de paseo cuando éramos chicos.

No olvido los paseos por la República con aquel hombre alegre y feliz que no aceptaba ir de viaje sin nosotros sus hijos, y nosotros con el perro acompañándonos y yo, personalmente, nacida para ser madre provisora, mi muñeca a la cual alimentaba en el camino y cambiaba de ropita para que estuviera seca y feliz como mi hermanito Xavier, un niño feliz, meón y acallado por la nana Enedina, a fuer de aguantar la travesía a cualquier lugar maravilloso que inventaba mi padre.

Yo no recuerdo temblores ni malos modos, rechazos a la perrita Flapper que no lloraba ni de relajo de lo bien educada y, sobre todo, de lo inteligente que era. Nuestra relación con los animales desde la infancia (nuestra y de ellos) fue de una perfección increíble, y cuando fuimos grandes y nos casamos y todo, cargamos con nuestros perros, y mi prima Luchitey con su gata a Acámbaro, a casa de mi prima Pesquera (de la rama de los Albarrán) que tiene en su hermoso jardín hasta una jirafa.

Recuerdo también una casita prodigiosa, pequeñita, como de cuento, que Eduardo y Mocita Césarman alquilaban en la playa de Acapulco para mi esposo, mi perro Lord Koechel  y yo, claro, que la ocupáramos una semana al pie de su depa a la orilla del mar y todos fuésemos inmensamente felices. Ese mismo pencachito vivió la belleza severa de la playa de Tuxpan en Veracruz, en otra casita chiquitita y orillera del océano donde, por cierto, sufrimos un norte…

De esos del rumbo que no arrancó el techo porque Dios no quiso deshacer un placer tan grande como el que nos había brindado días antes.

Todo esto por los perritos que unos sagrados corazones ciudadanos de la capital tuvieron a bien proteger y recoger después del espeluznante bailoteo sismológico, recibido por mí con oraciones a voz en cuello a la Virgen de Guanajuato (que nadie cree que exista) y por Gila, mi acompañante en quién sabe qué idioma entre arriero de Pachuca y náhuatl ya muy reburujado.

¡Hey! Aquí vienen los japoneses inconfundibles, con sus caras de niños, sus piernas de que los pararon antes de tiempo, uno de ellos cargando un perrito con tamaños ojos, al cual acaba de salvar. Hace rato vi a los nipones inclinados majestuosos ante la muerte. Son la ceremonia… hay que ir a sus panteones, por lo menos el de cerca de Tokio, todos vestidos (las tumbas) con trajecitos de enagua de florecitas, baberos o algo que recuerde a sus difuntos. Como a mí me gusta decorar mis altares de muertos, esa exageración me conmovió profundamente. Extraer de la tumba de tierra y horror a un animalito significa mucho respeto a la vida, así considero a mis difuntitos perros, mis hijos, a los cuales les mando hacer su lapidita y están siempre en mi pensamiento.

Y es mi propia humilde conmoción por las miradas de los animales salvados el asunto más cercano —desgraciadamente, no el último—. Por cierto, en la embajada de México en Japón, me tocó una danza creo que peor que la de la semana pasada… estábamos cenando diputados, senadores, su servidora que, por supuesto, se levantó como resorte y el embajador me detuvo con mando y calmó a la guanajuatosa.

Por eso estoy segura de que los animales sienten la misma dolorosa alarma y por eso aúllan. No creo que no sepan la vida y la muerte, como aseguran algunos pensadores.  Por favor, véalos a los ojos. ¡Hijos!

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