¡Qué gran pueblo!
La patria siempre tiene malas témporas, es una especie de matrimonio, no es siempre igual, sus etapas hermosas se vuelven perfectas al pensarlas, sobre todo en decretos de mal humor, de traiciones, aunque sean leves, de especie de aburrancia (ahí sí hay que ponerse buzos).
Mi patria, la mía, la única que tengo, a veces se le pasa la mano, es decir, usa mucho los tiempos de chispeante alegría primaveral e intolerables noches gélidas de invierno (por ejemplo, en mi tierra Celaya, San Miguel de Allende y la capital son más allá de descriptivas), una noche en Marfil es como Moscú, humildemente… Pero no sólo mi provincia castiga con heladas mortuorias, también échate una dormida en Xalapa en diciembre y ahí te quiero ver…
En un primer humilde viaje que tuve que hacer a Ciudad Juárez en camión, en la oscuridad pensé que ya me había muerto: no me podía mover congelada y, por supuesto, el veloz del desierto carecía de temperatura eléctrica, creo que ni se usaba o de plano el boleto era tan barato… que ahí un pobre joven al verme cómo temblaba, me enseñó a envolverme mis pies dentro de los zapatos con periódicos, lo mismo la espalda y el esternón…
Ese infeliz cristiano era ¡horror! ¡Torero! Y al día siguiente lo llevaron al hotel, donde coincidimos, cargado ¡muerto! Claro que vestido de luces… no pude exclamar el clásico ¡castigo de Dios! Porque después de todo, yo creo que el infeliz nunca supo el crimen que cometía torturando animales, y además había sido cortés conmigo y mi pauperrimez.
Todo esto por mi experiencia con el temblor espantosísimo que toleré a bordo de un taxi.
Por andar en mi viacrucis diario de ver médicos, del eminente oculista, y para cumplir mi cita con otro poderoso reumatólogo (fui tenaz niña reumática), pero me acababa de subir al vehículo, cumpliendo con mi deber para aliviarme (si hay algo patético en el mundo es que una escritora se quede ciega o semi), cuando de pronto empezó la danza…
Los edificios de las esquinas se orillaban hacia nosotros y el auto iba de un lado a otro como loco, haciéndonos rezar a voz en cuello a Gila, mi obligada acompañante, mientras el chofer lo hacía en silencio y conteniendo la locura del cochecito… para esto daba inicio la invasión de los clientes de la calle que supieron de la necesidad de alquilar un “libre” a toda mecha… corrían como enajenados, ellas a alaridos, ellos con el rostro indudablemente congestionado de terror. Tanto como el que yo experimenté, porque la naturaleza me dobla de miedo: mar, viento, tormenta, sismo, etcétera.
Soy absolutamente infantil, le temo tanto como a las máquinas, por eso no poseo el celebérrimo teléfono celular, o porque, tal vez, no lo necesito (durante el temblor sí) (parezco de Jerécuaro), o tal vez por cierta holgazanería mental que me impide llenar de más obligaciones y calistenia mi pobre cerebro atiborrado de nombres de personajes de novela o de teatro, cine, legislaturas o premios que no tengo.
Bueno, subimos al taxi a la una de la tarde y era tal la aglomeración en los arroyos del Sur de la ciudad que, ya sin temblorina y todo, de cualquier modo íbamos a la deriva, invadidos por un tumulto que me recordó las películas donde los judíos huían de la invasión nazi…
Llegamos de regreso a la casa de usted casi a las 7 de la noche… no podíamos salir de donde íbamos, subconscientemente yo me empeñé en visitar al especialista en dolores reumáticos ¡para no perder la vista! (no entiendo)… Fue imposible bajar del alquiler de la dejada ¿cómo regresaríamos? Además, el santo doctor había cerrado el consultorio y todo era una reunión de enfermeros y traumatólogas…
Pero señores, ¡qué pueblo tenemos!
Al día siguiente me hipnotizó con su comportamiento generoso, lleno de señorío, ejemplar. No tenemos para comer, pero regalamos días de nuestras vidas ayudando a nuestros paisanos.
Una vez más, los mexicanos estamos orgullosos con los mexicanos. ¡Qué pueblo!
