Mis recordancias

Las meditaciones en la soledad de la noche son muy fructíferas para la vida interior de la mañana siguiente; la claridad que habita  la silenciosa vida del filósofo alumbra un tanto la triste confusión de los últimos años. Como si los hilos se embrujaran y la idea primordial tenida al principio de la tarde fuera desapareciendo al grado de la confusión. De pronto, me di cuenta que eso me ocurría en la preparación de mi trabajo periodístico, el cual me salva 
de la de veras muerte. 
 

Porque yo entiendo, digo, es un decir, el no trabajo de los príncipes recorriendo sus múltiples palacios, como los de la duquesa de Alba, tan prolíficos al enmarañamiento como si comes dos chiles en nogada y al final ya no distingues los preciosos sabores de dulce, nuez y suave crema vuelta huevo extranjero. Del chile ni te acuerdas.

Así atardecí, sentada en medio de mi saloncito “de la copa” —como le decimos al jonuquito en cuestión, porque es donde la tomamos mis hermanos y yo, cuando tenía hermanos—. Es el momento en que se escriben las mejores páginas para la propia memoria, porque, si bien es verdad que han mermado mis conciencias —sobre todo femeninas— y puedo escribir las páginas más tristes y ni quién me pele… (Antes Blanca Haro me distinguía con alguna atención en “x” semana del año, pero claro, se murió).

Desperté como quien dice para descubrir aterrada que mis apuntes semanales habían desaparecido.

Hace mucho que quiero escribir sobre personas a quienes quiero mucho, aun a pesar de no haberlas conocido en persona nunca, como a Churchill, por nombrar a alguien, o a colegas admirados por mí, más ahora que los leo incesantemente, aunque me cueste trabajo con mis ojos virolos, como decía Ernesto de la Peña, a quien fui siguiendo de biblioteca en biblioteca, de casa en casa, desde la de su abuelo hasta la penúltima que tiró enterita el temblor con el peso de los miles de libros, en todos los idiomas, atesorados por Ernesto, incluyendo las máquinas de escribir de lenguas distintas que nos encantaba verlo manejarlas, diciéndonos misteriosos mensajes que al final quedaron en el secreto de muerte.

Sus bodas, sus hijos, sus muertos... hasta un perro “ejemplar”, al cual solamente yo cariñoseaba desde el balcón de la biblioteca de la casona de la colonia Juárez, hoy todavía vuelta teatro, el gran amor del padre de Ernesto, Eleazar y de Lourdes, la hermana (a ésta última amorosa, nosotros la denominábamos La Coéfora, y a un hermano mayor de Ernest, El Charro generoso, que se casó con mi prima Olga, a quien denominamos ¡O-Pi!, ¿por qué?… ya no me acuerdo.

Lo que sí sé es que Ernesto y su asombrosa sapiencia no perdió  jamás el inteligente sentido del humor y nos obsequió una vida entera de felicidad y risa, amén de sabiduría en todos los órdenes y ahí está la pandilla de muchachos unidos por años, fielmente hasta sus últimos momentos.    

Pienso mucho en Wagner y en Proust, en Rilke y en Tolstoi. He pasado junto a grandes lumbreras, para qué más que la verdad, pero como Ernesto de la Peña Muñoz, nadie, quizá sólo Sor Juana Inés de la Cruz y Santa Teresa de Ávila, para reposar mi frente en dos manos sagradas de mujeres poetas.

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