Eclipse de mi corazón

No sé tú, diría la canción, pero sí se siente un aire distinto después de ocurrir algo tan excepcional como el eclipse de esta semana, el cual, si bien es cierto, careció de la espectacularidad de aquél que vimos en la última visita…. 
 

Les cuento, dirigía Chapultepec en aquel entonces e iba enamorándome de mi trabajo, en primer lugar, porque daba inicio a diez años enclavada en el Bosque de Chapultepec, con toda la historia que trae a cuestas y que a veces aprovechaba, por lo menos una vez a la semana, para irme caminando sola entre los árboles, jugando con las ardillas traviesas, contando, si pudiese, los millares de mariposas amarillas como pensamientos de Dios que si dejaba abierta la ventana se metían hasta mi escritorio, exigiéndome quedarme en silencio y sin moverme para gozarnos mutuamente, máxime que, por lo general, yo tenía en mi espalda acurrucado un gato negro muy enamorado de mí e igual correspondido… Bueno, se anunció el eclipse y sentí que era un mensaje divino…

Invité a Ángeles Mastretta y a su marido, Héctor Aguilar Camín, a que vinieran a gozar la experiencia excepcional y no me parecía nadie más de los míos digna de ésta… Ángeles dijo de inmediato que sí y todavía los estoy viendo entrar a Chapultepec, ella pequeñita y él alto, alto. Llegaban al silencio… mis compañeros de trabajo y yo estábamos tan entusiasmados que no teníamos nada que decir, sólo ir viviendo la idea, porque eso era más que la realidad, y extrañar ya el gorjeo de los pájaros, los pasitos en M mayúscula de las patitas ardilleras… cada vez era más la oscuridad y crecía el número de las lunitas iluminadas de rayos de sol partidas a la mitad… miles, maravillosas.

Mi gato salió de mi oficina y fue a refugiarse debajo de la banca de fierro que ocupábamos Ángeles, Héctor y yo, casi temblando de tan callados. Eran las doce del día y era de noche. Había una especie de bendición sagrada para todos nosotros… no éramos de este mundo.

Y sin más, el rugido ominoso, grosero, como una voz sin educación, rasposa, injuriante a media noche despertándote… la motocicleta de las oficinas presidenciales cortando con un hacha el misterio comandado por dos individuos que reían a carcajadas de nosotros.

Así ocurre en la vida, no muchas, pero sí memorables: estás en el paraíso y de pronto una mala cara, una mano en el aire, una mirada de lado extraña, una noche sin aparecer quien debe hacerlo… todo se rompe. Ya no digo la muerte.

En mi pueblo lo educan a uno eficazmente para la muerte. Siempre hay en el velorio clásico una mesa llena de canastos de pan… a medianoche se sirve una merienda en forma con frijoles y tortillas recién hechas. Arroz inflado, jocoqui, atole de masa con caramelo en el camote, y si quieres una copita de aguardiente o cecina de Santa Rosa…

En fin, no entiendo cómo hay gente que no se entusiasma con las cosas del cielo… a mí claro que me dan miedo… si llueve, si tiembla, si hay huracán, inundación, sequía… rezo, pero veo, veo todo. 

El trompetero de Tanzania negó que se va a quedar sin ojos por tarugo e ignorante, viendo a calzón quitado el sol en su show… otro retrasado se duerme… Yo estaba en mi terapia y salí a la calle con una sábana en la cara, pero quería ver, estar, sentir esa caligrafía de Dios que nos agarra confesados.

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