Vivir es horrible, pero yo quiero vivir

Me siento a escribir arrastrando un extraño día, como si de mí dependiera la resolución justa y contemporánea del TLC y amaneciera mañana el mundo sin ese monstruo de Tasmania que camina como Godzilla, y habla como hiena con muy pocos vocablos, más bien mugidos repetidos.  
 

Ya estaba bañada, maquillada, enjoyada con mis adornos del mercado de Guanajuato… fui a que me extrajeran sangre de una de mis manos y no me dolió (porque las venas de donde el brazo aún se dobla, viven aterradas,  no hay enfermera que las encuentre).

Total, el panorama de mi enfermedad es un laboratorio desierto, pues el mero carcamonero doctor  Ibarra está convaleciente de grave enfermedad, y su hermoso hijo Clemente (a quien llamo Magnánimo Bondadoso, Bendecido, etcétera... Todos los sinónimos del  nombre que le impusieron el día del bautismo y por supuesto se me escapa como fruto marchito de mi enfermedad). Bueno, Clemente está en Nueva York… y no termina allí mi mal de soledad, también María Angélica Vélez, mi sicoterapeuta, se murió.

No me trasladé ya a ninguna parte porque caminaba dormida y ya no habría terapia que me salvara de esa especie de ausencia de la realidad. Ni siquiera el deleite de la lectura de los periódicos me arrancó del subsuelo donde llegué a estar hasta la mitad del poco tiempo que me queda…

Le decía yo a Beatriz Reyes Nevares que muchas veces al día levanto la mano hacia arriba para tocar a mis muertos que sé me están cuidando, con aquella actitud semi inclinada  del mítico ángel de la guarda, mi dulce compañía.

Así le digo, dulce amor, al doctor Arrubarrena, quien es la bondad misma… Lo imagino joven como habrá sido, el muchacho más alto de Puebla de los Ángeles, de donde era García Cantú, y de cerquita, vivo, gracias a Dios, Carlitos Marín, acompadrado conmigo dos veces eclesiásticas, y no tan cerquita y ya desprendido de mi corazón, Héctor Azar, atlixquense (donde me casó por lo general).

Pero yo estaba hablando en voz alta con mis perros y, claro, mis muertos… Eduardo Césarman, José Carlos Becerra, Rafael Tovar y de Teresa… Y dos personajes  idolatrados por sus viudas: Lucero Isaac, de Alberto, y Beatriz, de Salvador Reyes Nevares. Yo también soy viuda, pero no creo que nadie me lo agradezca.

En verdad, el asunto en sí hoy era la espeluznante situación de las cárceles en casi la totalidad de la República, catástrofe que urge poner en limpio.

 No entiendo cómo sepultan a un ser humano en un hediento lugar, como en la época del conde de Montecristo o de la Banda del automóvil gris.

Visto así, el trabajo periodístico del colega Boffe Gómez resulta terriblemente realista, da miedo leerlo… un cuarto húmedo, apestoso, con materia deleznable tirada por todos lados, porque no hay agua ni luz eléctrica o del cielo, un llamado inodoro copeteado, como dicen en mi tierra, todo este castigo divino imperdonable.

¿Cómo es posible que hablemos de muertos perfumados y llorados… la muerte, frente a ese infierno?

Los vivos lo permitimos con todo y quetzal y maya…

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