Ayer y siempre, Nueva York y Julio Prieto
Sueño mucho con Nueva York. Ha de ser porque sé que no volveré nunca. Y en el sueño aparecen siempre los neoyorkinos tempraneros, apenas vestidos, llevando bajo el brazo un tambache de periódicos muy dobladitos a los que se les ve lo nuevo. Son hermosos, viejos o jóvenes, no miran a nadie, sólo hacia adelante hasta la puerta de su edificio de departamentos donde viven
Yo siempre hago lo mismo en esa ciudad maravillosa, entrañable y a la que siempre deseo con imperio visitar. No sería necesario ir a los teatros mágicos, en los cuales el alma se remonta de veras de felicidad con los actores, los bailarines, las escenografías que estudio detenidamente y en el alborozo de saber el cómo y la manera, se lo deseo fervientemente a Julio Prieto, el escenógrafo per sé, a quien recuerdo intensamente. Él me enseñó a querer a esa ciudad con especialidades, era un enorme especialista en el arte norteamericano, su cine. Por supuesto la arquitectura y todo lo relacionado con la hermosura.
Me veo neoyorkina, con una gabardina de Bogart, el cabello suelto y moviéndose como los árboles de las canciones coloniales de mi tierra, al aire salado del mar que está lueguito.
Allí no hay un solo día malo, soy muy joven, tengo tamañas piernotas guanajuatenses de subir y bajar cerros. Desayunamos unos panquecitos calientes con mantequilla y el respectivo café. Nos reímos a dolor de estómago, hasta citas hacemos, como aquellas semanas que nos fuimos a vivir al hotel de Betty Sheridan en la mera “squer” donde vivía La Heredera.
En otro viaje me tocó la compañía encantadora, por culta, de Estela Matute… agotamos los teatros de la localidad y ya éramos las más sabedoras de cualquier tema relacionado con actuaciones, direcciones, escenarios (mi mero mole) y así. ¿Para qué iba a querer otra cosa alguna teniendo tanto en tan poco tiempo?
También en los laberintos del sueño veo a Julio Prieto, de quien empecé hablando cuando el plan, la hoja de ruta era otra... allí viene caminando como Pedro por su casa por la impresionante escenografía en la que suben y bajan trastos que son a los ojos del espectador árboles, lianas, ramas secas, pájaros que pasan volando.
Da órdenes Julio imperiosas, como un general de Tolstoi en La guerra y la paz. Yo nunca he conocido a nadie más enérgico a quien era imposible sólo pensar en no obedecer.
Viene hacia mí con su blusa de cuadritos deportiva y su rostro despejado a decirme algo de la próxima lección de escenografía que no debo olvidar. Siento que es uno de los protagonistas de A la hora señalada… nada más falta la música.
Julio es también quien más sabía de cine y a quien le gustaba verdaderamente ir a ver las películas a los salones horribles o inhóspitos de aquellos años. Es que he estado con personas ajenas por completo a ese placer excitante de sentarse en la butaca a olvidar todo lo que está allá afuera, tan terrible… el ruido de la guerra… el sufrimiento animal… el cáncer de las drogas y su venta como si fueran habas o pepitas… el descreimiento religioso… la traición política… el desdén al amor, a la integridad, a la belleza moral, a la lealtad...
Yo no sé si usted quiera o no a quien será siempre para mi regente de la ciudad, el señor Mancera, pero después de haber instituido un hospital para los animales que van a dar a las vías electrificadas del Metro, donde se caen o los avientan los miserables que parten a golpes a sus hijos, los perritos recién nacidos convertidos en calcomanías de dolor como los ahogados dentro de un costal que nos escandalizaban a nosotros desde la orilla de la presa… atreverse a oír a su corazón y fincar un lugar de alivio para esos hijos mudos de Dios nuestro Señor, pues, con su venia, merece todos mis respetos y mi agradecimiento también corazonado.
