Mi amado león de circo
Si uno pudiera saber qué va a ser de su propia vida. No cabe duda que en esta tortura mayor que es sufrir las contingencias del viaje… qué digo, maltratarse con el polvo del camino, dejar crecer esas reatas para brincar la cuerda de las comisuras de los labios y que la angustia dibuja cada instante al ir caminando y se quedan allí en los cachetes como la muestra de que se sufre… no hay de otra.
Hoy me vi en el viejo espejo de la salida de mi casa, el que me regaló Héctor Azar. No lo podía creer… tres semanas en cama son definitivas en el rostro de una mujer de edad, como si fuese una venganza de no lucir peor… Por eso quiero que el doctor Barrera o su hijo Clemente, quienes son especialistas en cirugías de pata o de oreja, diría la Reyes Nevares, me quiten de sufrir como en la televisión, donde vemos a unos esperpentos rodar al micrófono a contar que les pasaban cosas horrorosas y miren ahora, ni Queta Vadillo la iguala cómo suben y bajan escaleras de bomberos…
No es que yo quiera avenir milagros, pero cuando éramos muchachos, José Luis Cuevas y yo nos podíamos pasar la noche sentados en los escalones de una escalera de cemento, a las carcajadas, y no me acuerdo de haber sentido fatiga o deseos de regresar a la casa a dormir.
Digo porque ya se murió Jose, así, sin acento, con gran hermosa cara de león de circo, lo cual a él le encantaba que le dijera. Yo creo que no cumplía los 18 años y lo visitaba en su estudio de la casa paterna. José y su estirador… su hermano, su hermana que se murió, madre abadesa, y que fuimos a velar con su hábito y sus hermanas sacándola en andas cantándole estremecedoramente “¡Resucitó!” (Estaban presentes Eduardo Deschamps y Fernando Benítez.
Al poco tiempo José se fue a Nueva York a preparar un libro sobre Kafka… nevaba y sus cartas son hermosas y estremecedoras. Su boda. El nacimiento de sus hijitas con Berta en la casita de la colonia Del Valle y empezaron las comidas maravillosas con el grupo empezando a firmarse para siempre. José fue consagrándose como el humorista per se, podía remedar a quien quisiera magníficamente y con pura inteligencia. Éramos una bola fantástica cinéfila… íbamos por la banqueta, adelante Carlos Fuentes perorando sobre la santidad del buen ladrón, y atrás todos como en una fila tan la piña, gran fruta fresca lucidora. Teníamos hueseras propias casas de reunión, y éramos enormemente felices.
Berta era la guapura en sí y muy buena anfitriona, igual tal vez a Rita Macedo, quien con nada era capaz de hacer una cena inigualable con galletas Marías. El más enorme era Pedro Coronel; la más bailadora, Lucero Isaac; la más feliz como en las carteleras, yo, porque estaba casada, y el muy deslumbrador Cuevas porque, si bien es verdad que no sabía manejar ni bailar, en cambio fue un impecable fantasioso escritor y un hombre pleno de generosidad.
No bebía, no fumaba y dibujó casi dos años en un pequeño departamento en Nueva York con su hija Jimenita que estaba estudiando cine. Yo atestigüé cómo trataba aternurantemente a las niñas y por eso no salí de mi asombro cuando también atestigüé el desdén, el desprecio con el que las trataba ya en el curso de ese asombroso matrimonio en el que navegó, desgraciadamente, los últimos años de su vida.
Nunca volví a ver un banquete en su casa, una visita presidencial, una fiesta nupcial de una de las niñas… nada, todo se volvió clausura, puertas cerradas para las niñas… No olvido a José Luis velando a Berta al lado de Lola Olmedo en su museo y exclamando: “¡No me muevan del lado de mi muertita!”.
