¿Vivimos el fin de todo?

Como formo parte del desahogado contingente de humanos sin ser holgazanes, porque así nos educaron, también a no hacer ejercicio (¿cuándo iba yo a ver a mi mamá hacer gimnasia?) o a cerrar con llave los roperos, a no dejar encendidas las luces eléctricas, las estufas, las máquinas de escribir –hoy “ordenadores”—, así, al llegarnos a nuestras estancias actuales, las enfermedades, nos quedamos estupefactos porque no desaparecen a la menor provocación, como antes. 

Mi más reciente sorpresa fue la rotura de mi pierna derecha. Siempre he sido brusquita, de hacer las cosas con rapidez casi sin meditar, por eso enredósenme las sábanas en la primera osada pata negra, porque me estaba preguntando Julia López por teléfono las medidas de un cuadro muy hermoso que me regaló hace años, y oí clarito el crack de los huesos, pero seguí empezando a correr en busca de un metro. Cumplido el requerimiento, sobrevino la noche el sueño y nadita de dolor, sólo un cierto malestar de chuecura… a la mañana siguiente llegó mi fisioterapeuta de entonces, la doctora Tere Malo, y así de rápido le dije que me diera unas pasaditas con sus manos mágicas a fuer de irme a trabajar… “Pero, China, ¡ese hueso está fracturado!”. Me quedé estupefacta y sentí por vez primera el dolor. Me llevó al primer hospital cercano (¡carísimo, por supuesto, como de arcángeles!) e insisto, supe el sufrimiento que me esperaba en la vida que arrastro hasta hoy: el horror de la cadera descuacharrangada, las punzadas en la noche. El aparato ortopédico para que todo el mundo me mire como si hubiera perdido la extremidad en un accidente horrendo y acabandito de pasar, no tuviera yo más que otros zapatos bajos colorados y ni el cadáver de un ser amado distrajera a quien descubriera la incongruencia de verme llorar a José Emilio Pacheco, muy cuca de luto con mis chanclas de bailarina de Broadway.

Sigo, a lo largo de los años, en la friega de los ejercicios, si bien efectivos, duraderos más que la cuaresma y el advenimiento del verano en el que no pasa nada (sólo en las novelas) y se está a punto de entrar al invierno (algo así como la paráfrasis de la vejez). Cuando éramos chicos, nos íbamos a Guanajuato a casa de mis primas las Ávila a gozar los finales de clases, las vacaciones heladas con un sol quemante a mediodía y la larga fila de fiestas con la bola de muchachos (todos guapísimos, creíamos) (Los Chico Patiño, una legión de Chicos, Goerne, unos vivían en Guanajuato, otros en Irapuato, otros en Celaya, y así…). Era un tiempo precioso, todos nosotros jóvenes, que organizábamos las tardeadas, los paseos a las huertas de Santa Rosa,  subíamos al Hormiguero, íbamos a la apertura de La Presa. En fin, no nos faltaba jelengue. Nunca olvidaremos las célebres tardeadas, cualquier tarde que se nos ocurriera y a las diez de la noche ya estábamos merendando en nuestras casas.

En fin, los recuerdos se amontonan ahora que vivimos en el desierto de todo… si no nos estamos matando en el campo, se cierra una escuela, una  fábrica, explotan los puentes en Londres, en París, es la tristeza… no vemos más que entierros, despedidas, amenazas, los niños pierden su infancia hablando por celulares, las viejas deshacen sus matrimonios, se odian entre sí…. Y uno en la capital, en la enfermedad… ahí no te quiero ver. En cama atardece con una lentitud desesperante. Ni siquiera se puede ver un buen programa de tele, una serie deslumbrante, hasta los festivales de concursos cinematográficos están mal dirigidos, aburren. Y desde que se les ocurrió a los magnates televisivos revolver los canales como fichas de rompecabezas, ya ni siquiera podemos entrar a los noticieros que nos gustaban…Extraño a Joaquín, ¿dónde está Ciro?, ¿y aquel programa que se llamaba Círculo rojo o algo así?

Los televidentes hemos optado por apuntar papelitos con las nuevas direcciones electrónicas horarios y debutantes personajes que ni de chiste llenan los zapatos de los antigüitos. Abundan, eso sí, los espectáculos deportivos. Los tediosos e indignantes pornográficos, miserables con machines tatuados y mujerzuelas greñudas que emiten quejidos lastimosos desde sus caras operadas. No sé que suponen los dirigentes gringos del amor, pero eso que recetan indigna y asquea… Y para qué perder el tiempo hablando de niñitos debutantes dando inicio a su vida en el peor de los ridículos. Recuerdo que alguna vez hubo unos “concursantes” con mucha dignidad o, por lo menos, con algo parecido, fin de todo…

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