Reencontrar los paraísos, al fin

Ella estaba de pie inclinada sobre mí cubriéndome 
con las cobijas para amainar el frío de la mañana. Era mi visita 
del día, una de mis visitas. Héctor Fink Mendoza, mi primo hermano, 
les dice “las visitas” a las presencias tan vivas de los muertos. 

Mi madre constató que el calorcito venciera mi temblorina. Todavía recuerdo con una enorme viveza el traje de lana muy rasposa como de arpillera para un clima helado, como el del invierno en Celaya o las aguas de octubre en San Miguel de Allende, ya ni digo el de la capital del estado guanajuatense, arrollador hecho a mano para el frío.  Mi visita se presenta últimamente muy seguido, ha de ser porque tengo miedo, es mi fruto helado de la lectura de los periódicos más que de los libros, y estoy un tanto harta de la cantidad de malas noticias de homicidios o muertes de criaturas, como la familia entera que mató la madre desesperada del hombre malvado, exmarido que tuvo a bien escoger entre la multitud de solteros de su tiempo, un canalla que lastimaba a sus hijitas y al único muchachito traído al mundo, no entiendo con qué fin. Yo soy incapaz de lastimar a un animalito, menos a un niño. La mujer desesperada de la amenaza del ex y la experiencia del maltrato sexual en los pequeños y teniendo tales testigos a sus propios padres de ella, se decidió a quitarles la vida, sí, esta maravillosa de los árboles de afuera meneándose, la lluvia, los ladridos de los perritos del puro gusto de estar vivos.

Seis cadáveres. Un machín irresponsable, la locura del corazón como para barajar los destinos, haciéndolos malditos para no verlos sufrir, porque ni siquiera las autoridades salvaron a esas criaturas de quedarse en garras de quien no supo ser padre, marido, nada.

Quise tomar ese ejemplo desgarrador para no entrar en mi dolor de ver los restos sufrientes de un perrito que se comió una gallina, ¡tenía hambre! y lo amarraron a la parte trasera de un auto y con unos quintos, un chofer (sin licencia)  arrastró al animalito a lo largo de kilómetros de una carretera. Éste era el tema por desarrollar hoy, y hubiera sido bien desgarrador si yo misma sintiérame de mejor salud. La segunda parte transcurriría por la prosa merecida para las visitas de mi primo y yo, esta obsesión que se nos ha metido a la gente de mi sangre y que nos tiene cavilando en el sueño casi diariamente. Mi último muerto, o sea visita, fue Juan Goytisolo y por ahí anda asomándose detrás de las puertas. Hay otras clases de visitas, amén de las del sueño, y son los actores que encarnan a personajes “realmente reales” de nuestras lecturas amadas, como la familia reencarnadas de los Durrell, absolutamente preciosos cada uno de ellos, desde la madre que los lleva “para ahorrar” a Corfú. Lugar sacrosanto de los muchachos que del gris y opiáceo Londres pasan al paraíso terrenal griego, donde ni siquiera falta hace un gran traje de gala a menos que seas mujer y tengas unos catorce años. Como pertenezco a la generación de los dos Durrell escritores: Larry y Garry, el primero con su formidable El cuarteto de Alejandría (lectura per se de mi gentedad… recuerdo los pleitos por ser los primeros para leer el libro número uno e irlos girando mientras nos llegaba el segundo que nos mandaba un cuate por bolsa diplomática, y así en esa dicha de ser jóvenes y lectores por antonomasia…) y Garrry, quien nos hace saltar de gusto a los amantes de los animales con su infancia de perros, gatos, palomas, alacranes, pelícanos y una gaviota adorable… este hombre llega a ser el zoólogo más importante y célebre de Inglaterra.

La historia me la sé de memoria como otras tan cercanas a  mi corazón, pero esta vista en televisión me conmovió hasta las lágrimas (y es que ya no tengo lágrimas, de verás, las gasté con mis penas y mortificaciones).

El paisaje griego no tiene para la cámara es de primera, lo contado nos hace darle a Durrell otra vez la mano, amor mío.

Tengo mucho más que platicar, pero se me acabó el tiempo, el papel, y la espalda me está gritando que me vaya a Corfú con Rafael Tovar y de Teresa, quien no me ha venido a visitar y hablar de este paraíso.

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