El pasado en medio del tifón
Las personas que vivimos de escribir sufrimos las perlas de la virgen, generalmente con una cierta frecuencia, sobre todo si nos ha dado al final
de la vida por sentirnos mal el mero día de la escribidera. Es como los sueños.
Anoche no dormí un ápice porque no sé cómo se metió en mi silencio nocturno el hombre de lámina (que era yo) que bailaba con Judy Garland, vestida de niñita y con una canasta pequeña en la mano. Ni hablar que lo más hermoso de la escena era el perrito que la sigue durante toda la película y por más que hace para caer bien junto al animalito, que no sé qué sería de él, no hay nada más que hacer que pensar lo que yo hago siempre que un ser humano del mundo zoológico aparece en la cursimente llamada cinta de plata.
Mi sensación de dureza y ser de lámina ha de haberse debido al frío intenso de la media noche y al ratito al calorón, junto con el aguacero, es decir, la tromba que hacía menear los árboles como los de mi tierra, que hablan a gritos y tanto se parecen a los de la gran ciudad.
Fue una noche horrenda, airosa, tronadora y con la temperatura de niña malcriada. No me pareció sobrenatural el cambio de frío a calor, ni mi piel vuelta fierro y mi peso elevado al cubo. Fue tan insoportable que desperté llorando muy probablemente segura de irme a quedar de puro fierro.
En el amanecer de las pesadillas, también me di cuenta de cómo vivo en realidad en el sueño, cuántos muertos me aparecen, cómo he vuelto a sentir a mi madre en cuerpo y alma tratando de calmarme más de cuarenta años después de fallecida. Su presencia es asombrosa, tibia, huele a pan y me arropa como si me estuviera muriendo. No tengo miedo ni mucho menos, más bien una especie de tranquilidad.
Siempre vuelvo a la presencia del camello que quisiera ser por la paz serena que ofrece cada vez que lo sueño: su mascar en paz, como si exprimiera una caña fresquísima, los ojos a medio cerrar, como los de mi perrito cuando se despierta para comprobar que no me he ido. Otra característica de los camellos es su dignidad… ese llevar la cabeza en alto como si el hambre no existiera. Nunca he visto a nadie tan sereno, siempre me da lecciones de elegancia, aunque sea un animal tan de pelos hirsutos y no obstante una enorme gracia.
La Yourcenar me dijo una vez un pensamiento sobre un camello que va caminando renqueando por el desierto rumbo a su muerte. Qué distinción yéndose rumbo a la muerte sin despedirse.
Anoche en realidad me estaba encaminando no sé a dónde con tanto frío y tanto calor. Por supuesto, es mi sequedad de la edad, supongo, porque si algo tuve en mi preciosa juventud fue la movilidad del cuerpo, los saltos de jirafa, vuelo a lo mismo y el rollo y el desenrollo con una enorme facilidad. Fui la admitancia de mis compañeras que parecían precisamente el muñeco de hoja de lata del film con el que empecé este pobre ejercicio de escritura.
Lo de los muertos que me andan dando la vuelta a mi canasta de la ropa limpia me causan una gran alegría, es como encontrarme de pronto a mi viejo novio Popo Malo y confundirlo con su papá, mientras yo enhebraba una conferencia en el Teatro Juárez de Guanajuato, y tener tantísimo gusto como si nos viéramos tan seguido, tal cuando éramos muchachos y vivíamos en la colonia Santa María la Rivera, y éramos novios ¡de balcón!, ¡el colmo!
Y es que en aquel tiempo y en aquella colonia así se usaba… allí estaba Loretito Toscano y su novio, las Ezquerro, muy de balcón en la esquina de mi casa del Naranjo. Popo era un joven muy apuesto y alegre de mi tierra, siempre vestía traje como de mi papá y su pulcritud competía con su clásico sentido del humor… ya casado vivía en un puerto y me contaban que sacaba a pasear a su mascota, ¡una foca!, al jardín de la localidad. Por ese solo humor, yo me hubiera casado encantada de la vida con él, pero no me lo pidió.
