Leer a Manuel Echeverría: la felicidad devuelta.
Como he estado muy enferma de los ojos
(y dirán ustedes que de todo… así es…), me he capturado caminando
por mi casa con el libro que me muero de ganas de leer a la velocidad que es mi costumbre desde niña… Sobre todo cuando el libro es una novela (El amante judío) y escrita por Manuel Echeverría.
Manuel es amigo mío desde hace años. Me acuerdo que su padre, Rodolfo Echeverría, subió al camión donde íbamos la prensa y nos presentó a los dos muchachos que iban con él. Eran sus hijos, Rodolfo y Manuel, el uno político y el otro escritor. Los dos sobresalen en sus talentos, pero claro está, a mí me encanta la obra literaria de Manuel, además me produce una ansiedad como la experimentada cuando era chiquilla, no puedo dejar el tomo y de ahí el eterno disgusto de mi madre: “Todo el día con el librito” …
Y así era, a veces leía debajo de las cobijas y con una lámpara de mano hasta que llegaba mi mamá, ya se imaginan. Fui regando libros en aviones, camiones, autos y demás, donde me sentaba a leer y a llegar a mi casa o a mi trabajo.
No entiendo cómo hay personas que no leen, que se mueren de pereza, que no tienen tiempo, en fin… Nunca salí a la calle sin un libro, era la época en que forrábamos los tomos con papel estraza o transparentes… así mis novelas de esa época están inmaculadas.
Además, leí mucho de prestado... nunca maltraté o me carrancé nada, y una vez tuve un novio guapísimo que tenía la vieja manía de volarse cuanto libro le hacía ojitos, o íbamos a las librerías, yo temblando por el botín del robo que traía entre ceja y ceja. Era un precioso ladrón, elegantísimo y su fama crecía con el tiempo… Yo me moría del miedo, él tan tranquilo se metía el libro atrás del cinturón del pantalón y a mí quería convertirme en una Arsenia Lupan cualquiera…
Yo, francamente preferí la soltería a seguir con el mango enfermo de rateritis. Ese muchacho ya se murió, así que las librerías gozan de la santa paz en la actualidad.
Era afecto a las obras de muchos tomos como: En busca del tiempo perdido o El cuarteto de Alejandría. Era muy hermoso: nos pasábamos los libros entre todos y de allí quedamos grandísimos lectores.
Nunca entenderé esa especie de flojera del alma para no leer, es lo mismo que les pasa a ciertos holgazanes del amor, del erotismo, etcétera. Lo pintan como una gran tragedia y no es más que eso, la falta de respeto por la vida, por la maravilla incomparable de la amorosidad. El amor, el erotismo, es el regalo del alma, es también la presencia de Dios.
Los impedidos de amar a mí siempre me han parecido baldados adrede, idénticos a los que sufren la falla de no tener hambre, de no poder comer, devolver el estómago una y otra vez para demostrar su abstinencia.
He conocido, sobre todo, mujeres con esa falla en su contra; sentada a la mesa, meneaba los alimentos exquisitos de un lado para otro del plato. Creen que nadie se da cuenta... Le decíamos a esa muchacha muy bonita “Anorexia”, así con esa simpleza dejaba ir el mole, aquella carne sensacional, el chile en nogada, la cajeta, las pepitorias, los mágicos taquitos sudados, pero esto no es un recetario, sino un artículo escrito por quien lo único que desea es ya ser una convaleciente de mis múltiples arrechuchos… en fon, como dice un colega.
