Cuando llegaron a nuestra risa Les Luthiers
Estamos viviendo el peor tiempo que imagináramos posible en el mundo,
él que nos toca vivir
en las últimas y creo que no hay derecho, porque ya nos habíamos acostumbrado a la respetable medianía juarista. Sería tal vez porque la pandilla de muchachos frecuentados por nosotros y celosamente salvaguardada de intromisiones de cualquier especie, hasta asegurarnos que eran presencias suficientemente-inmaculadamente honradas, casi límpidas y quizá
lo principal: cultas. No dejemos
de lado el sentido del humor y ¡guay!, si se les pasaba la mano haciendo chistosadas…
O si su humor se convertía en involuntario y aun así nos torciéramos de risa, en el fondo sabíamos que no volveríamos a disfrutar, por ejemplo, la muerte del marido de una señora que la platicaba entre lagrimones, pero sabiendo que estaba haciéndonos reír, que suceden aun sabiendo que si bien hay risas magníficas, hay también la punta del zapato pisando el ridículo (que por otro lado, también es muy chistoso).
Comencé con mi propia juventud como de costumbre, porque creo que no hay nada mejor en ejemplo, tratándose de la risa. El primer ministro del trato, del tono de lo risible era Ernesto de la Peña, quien nos enseñó esos espasmos maravillosos de felicidad, aunque sospecho que todos traíamos ya una buena tajada de humorismo generacional.
Por lo menos en lo que a mí refiere, vengo de una familia soberana en la vida, en todo lo concerniente a lo que fuese y que nos lleva como de rayo a algo carcajeante, aunque estemos trajeados de negro. Humor negro, ala de cuervo. Y mucho me acordé ahora de esas reuniones, la mayoría de ellas en la casa de Cristina Moya, generosa, simpática, muy señora, al grado de persistir en el tiempo que duraba el convivio un sentimiento de señorío, aunque, insisto, estuviéramos tronchados de risa. Recuerdo que en uno de los departamentos de Cristina Moya estaba un óleo magnífico de María Izquierdo presidiendo ascensión y despedida.
Supongo que tropecé con nuestra incomparable risa joven para hablar sobre la risa precisamente, y esto como resultado de un súbito recuerdo que me sobreviene hace tiempo en cuanto alguien, rarísimo, toca el grandioso espectáculo cómico de Les Luthiers, que siguen su caminata triunfal de cuarenta años ininterrumpidos.
Cinco locos no furiosos, extremadamente inteligentes, sentáronse una noche frente al público y formaron un público adicto en todos los continentes. Extraordinario. Tuvieron su arranque menor, dijéramos, como cualquier grupo de teatro. Vinieron desde su Argentina natal, cargando sus instrumentos musicales construidos por ellos, verdaderamente originales, estorbosos, caricatura y esperpento, y todo ello fantástico y risible a morir.
Como en 1966 vinieron a México y se presentaron con sus esmóquines, sus corbatas de mariposas y su irrefrenable talento, su desbordada gracia inteligente (insisto), amén de sus instrumentos diabogélicos… De pura casualidad, José Antonio Alcaraz y su servidora los fuimos a ver… Nada sabíamos de los mentados Luthiers, pero quedamos subyugados en aquel teatrito en los finales del Paseo de la Reforma, por donde estaba excluido el Ángel de la Independencia en tamaño natural digamos, teatro del que evocaba y en esa ocasión lleno hasta la mitad, o vacío, como quiera.
Tiempos pasados, los enormes artistas siguen dando de qué hablar, van y vienen por el mundo en medio de las ovaciones. Alcaraz y yo siempre tuvimos muy buen gusto para la escena dramática. Y claro que para esa escena también llevábamos nuestras risas de origen dadas por Dios.
