Hay que señalar y combatir a las Jill Magid
Habiendo tantos hechos para discutirlos siquiera, no se pretende el debate ni mucho menos, así en la abundancia ir a dar con la tontería y el mal gusto, ése que raspa al ver comer mal a quien chancletea la comida sin siquiera cerrar la boca.
El desaliñado caso de la gringa vulgar y aventada que atreviose a violar, en mucho, los restos del arquitecto Luis Barragán, ilustre jalisciense, para convertir la parte sagrada en un anillo insulso que más bonito se consigue en una vitrina de un Aurrerá cualquiera. Da rabia la existencia agobiante de la carencia de sentido común, y eso es en mucho la indelicadeza, la grosería, la impertinencia. Esa pobre señora pensó en adquirir la fama… muros desnudos, el sol combatiendo para lograr esos contrastes que el arquitecto se trajo a su trabajo urbana, dándole a los sin imaginación constructoras lecciones de personalidad, de distinción. Es muy triste ver a nuestra ciudad convertida en series sin amor, sin nada que las vuelva diferentes a la cajonería bajo la cual cayeron casas antiguas de primera, todas con un toque amoroso del edificador, por ejemplo, una línea de mosaicos que fueron salvados aquí en mi calle del general Cano, en San Miguel Chapultepec: era una esquina hermosa con la clásica residencia de clase media, de muy buena, y guardaba un jardín arbolado de no creerse, con tamañas ramas soberbias verdísimas, muy altas, muy del año del caldo. Balcones, claro está, y regida por el silencio de los hogares de antes, cuando más se oía un piano y un perro.
Visité varias veces la casa donde vivía el arquitecto, pues formé parte del grupo consejero de arte, por decirnos de alguna manera, de la delegación Miguel Hidalgo… la azotea… su cuarto para dormir, su biblioteca, y así puedo seguir con la perfección de antes y qué tanto evoca a la provincia, a López Velarde, y también a la buena educación. El jardín es quizá la parte más entrañable por su hermoso desorden, su humbrosidad, su calladuría que hace insospechable que exista junto a la gran avenida Constituyentes, donde también vivían Rosario Castellanos y Emilio Carballido, y estudiamos una pandilla maravillosa de muchachas en flor en la Universidad Femenina, con Adela Formoso de directora, y una lista impresionante de chicas bien, por también llamarlas así.
Riqui Parra escribió una carta abierta para quejarse del atropello de Jill Magid (así se llama el personaje de los rumbos de Trump. Bien merecidos) y en muchos aspectos revela puntos clave de lo que fue Luis Barragán para los mexicanos de su tiempo y de todos los tiempos, autor de un estilo muy difícil de reproducir, digo, solamente pienso en Andresito Casillas y vuelvo a pensar en la casa de Pedro Coronel que Andrés le construyó maravillosamente y en donde pasábamos los días enteros platicando con Pedro, gran conversador. Y recontrapienso en la misma casa de Andresito, un piso —como dicen en España— depositario igualmente de las horas de buena conversa y planes por resolver.
En verdad es muy sabroso ejercer la saudade en escenarios pasados, témporas cuando nuestro futuro aún no se visualizaba bien a bien, éramos en realidad muchachos todavía en formación como quien dice… nos sentábamos, digamos, en el centro de rosas abiertas, así eran los muebles diseñados por Andresito: blancos, pachones, calientitos en inviernos y frescos inacabables en verano… Todo esto ni sus luces en la existencia de la tal Jill Magid, de quien las viejas señoronas de mi tierra (cuando ésta no era aún hollada por las turbas precisas y de medio pelo, hoy asesinas del Festival Cervantino) exclamarían: “¡Sabe Dios quién las habrá parido!”…
Riqui Parra, hija de un histórico y perfecto arquitecto: Manuel Parra… casa por casa suya la recorrimos, la estudiamos, no hay árbol que la habite en cuya sombra no nos sentamos a hablar, a recordar, a comer las exquisiteces que sabe cocinar Riquita, Riquísima, Ricachita, Riquiriquiran… como le decimos sus amigos.
En esa cierta forma de homenajear el talento creador de Parra, digo, es el aceptado en un gran libro de fotografías de su obra arquitectónica, y no la cursilería vergonzosa de una joya falsa o las fotografías arrancadas de libros, enmarcadas y vendidas a cientos de dólares… Hay que señalar esas falsificaciones de estilo, ¿qué digo? Vaquero…. Y combatir los tejes y manejes de seres falsificadores por naturaleza. Gringa.
