“Sólo Dios basta”
Mis mañanas últimas son poco narrables. Para una provinciana como soy, pasar una hora sobre una cama de reducidas proporciones para que la fisioterapeuta te devuelva, por lo menos, el equilibrio de la marcha,
es desesperante... “Levante la pierna, dóblela, para afuera, para adentro, arriba, abajo...”, es la angustia porque sabes que es absolutamente necesario, a fuer de no quedarte seca, paralizada, ahora sí que
como Chencha.
Lo que sucede es que la gente de mi generación está mal educada. Digo, por ejemplo, yo jamás vi a mi mamá hacer ejercicio, andar en bicicleta o tomar clases de natación... Correr horas por las banquetas de Guanajuato o meterse con mis tías y con nosotros, la bola de primos, a nadar en la pileta de riego de la huerta a la que denominábamos muy elegantes “el tanque”.
Yo vi a mi madre en traje de baño en Acapulco, en la playa desierta, y eso porque íbamos con mi padre, un hombre absolutamente feliz en el mar y que me llevaba en brazos hasta que el agua me llegaba al pecho y él me cantaba arias de ópera para acallar mis berridos de terror...
Una niña de las montañas del Bajío, ¿se imaginan lo que pensaba de esa inmensidad de agua junta? De pronto recordé el primer gran espanto, pero en Veracruz, en el mar de la Isla de Sacrificios... íbamos con mi padre, mi mamá en las aflicciones de costumbre, y mis dos hermanos, Manuelito y Teresa, ya vivitos y coleando... De pronto, se enfureció el agua y empezó una real tormenta de aguacero y olones... Recuerdo las caras de mi papá y del lanchero, ambos alarmados a más no poder... mi padre abrazaba a mi hermanito, mi mamá a la otra y a mí nadie, pero no importaba, yo estaba acalambrada de susto... llegamos a tierra de milagro y cada vez que me embarco en yate o en lancha vuelvo a sentir aquella premonición de la muerte que, gracias a Dios todavía me presta vida.
Pero todo esto es para contar una anécdota con Riqui Parra en Acapulco... fuimos a la casa maravillosa que construyó su padre, el fabuloso arquitecto Manuel Parra, y se me ocurrió ir a casa de una amiga multimillonaria que me había invitado a su mansión (yo ignoraba que lo fuera, además no importaba). Carmen, acostumbrada a lujos elegantes, de a de veras sentose junto a mí y mi aparente amiga en una terraza impresionante, es verdad... vimos caer la noche y empezaron unos chiflidos maritales a llamar a mi anfitriona. Ante el apremio nos dimos cuenta de que el deseo del potentado era que Riqui y yo desapareciéramos sin siquiera correr la cortesía de invitarnos a la merienda (¿o cena?) porque tenían de invitada a la hija del celebérrimo pintor de gordas y por ende la señora Parra y su servidora no éramos dignas. Todavía evoco el coraje y la inmerecida mala educación de aquellos nuevos ricos. Con razón mi conocida, sin saber quién era mi dulce y elegante acompañante, se atrevió a preguntarle: “y tú, ¿qué pintas... mexicano?”, sin imaginar la enorme obra pictórica religiosa-arquitectónica que honra a los mejores museos de México y de muchas ciudades del mundo...
Es cuando regreso al poema de Santa Teresa de Ávila y que pintó magistralmente Carmen: Nada te turbe/ Nada te espante/ Todo se pasa/ Dios no se muda...
“Sólo Dios basta...”.
