Puras habas, Trump quitándonos la memoria
Leo los diarios todos los días. No entiendo vivir sin esa información que arrastro desde mi casa de niña. En verdad estoy haciendo lo mismo que mi padre, nada más que a él a la hora del desayuno se los leía mi madre con su dulce entonación del colegio del Sagrado Corazón. Así las noticias después de la Revolución y en el mismo escenario de la Independencia...
Pero además, como nosotros los guanajuatenses somos conspiradores, nada nos asusta... es un decir, porque yo abro los ojos desde niña a un mundo atemorizante. Polvos de aquellos lodos.
Además en nuestra mala educación de gente decente, lo aterrorizante no se cuenta; al final todo es secreto. Así, quienes vivimos la soledad somos sujetos nutridos en las noticias escritas y ahora, ya viejecitos, las de la televisión, las bien dichas, porque las mal pronunciadas, con faltas de ortografía, sin ritmo o de plano repetidas con las mismas palabras de las circulantes refritas de cómo quien dice avisos de ocasión de parte de los departamentos de prensa oficial. Se les nota.
Toda esta larga entrada (como si tuviera cuartillas a montones) es para decir simplemente que tengo miedo.
Vivimos un tiempo desolador. El terror de antes nada tiene que ver con el presente... Después de Trump. Yo sé bien que existen personas encantadas con esa especie de Anticristo, desgreñado como madre del aire, soez y con movimientos corporales de oso enjaulado y una trompa espeluznante de cuchara, de pescado pequeño, de pelado caprichudo.
Pienso en Cabral, en Alberto Isaac, lo que hubieran dibujado, lo hago rezándole un réquiem a Naranjo que olía a un huerto de naranjas recién llovido... y veo a los canallas de mis lecturas. Juré portarme bien, sin insultos, pues en su país he sido muy feliz... hincándome frente a la Tormenta sobre Toledo en el museo Metropolitano de Nueva York, cenando albóndigas con Bartolí y Eduardo Deschamps, con él y Betty Sheridan mirando el mejor teatro del mundo y años después al lado de Estela Matute y su magnífico inglés que me hacía entender clarito a Shakespeare, a O’Neill, a Chéjov, y así, diario íbamos a ver una obra maravillosa...
Eso me duele mucho: no volver a entrar a esas salas neoyorkinas, llenas a reventar, como cuando hicimos cola para embobarnos para siempre con la mejor obra musical en la historia del teatro mundial: A Chorus Line. Nuestros atracones de carne directamente traída de Chicago (¡Quihúbole, señor cónsul Carlos Jiménez Macías!) y las idas de horas y horas a los museos perfectos donde vimos la exposición asombrosa de México, yo diría que en honor de Fernando Gamboa, el enorme museógrafo y con quien trabajé a su lado años mientras terminaba la construcción del Centro Médico.
En fin, el malvado Trump no nos puede expulsar la memoria del arte colosal que cuelga de los muros de los ya recontradichos museos.
¡Ese Frick donde nos sentábamos Eduardo y yo a dejar irse la tarde y el cansancio en un patio europeo inolvidable y el Museo de Arte Moderno todavía con el Guernica mirándonos a su vez con la misma adoración que Las Meninas y el perro de la guerra: Velázquez y Goya a la orden, pero en El Prado de Madrid.
Y ojalá no hubiera prometido portarme bien y traducir en buen improperio mexicano un recuerdito para el gordo inmundo que tanto desdeña y condena a muerte a mi raza.
