Fito Best Maugard, a diario
Últimamente se habla de Fito Best como alguien fantasmal. Él llena mi memoria... fui de las que lo conocieron a diario... Fito era alto, mucho para mí que desde siempre he sido de tamaño normal. Muy elegante, eso que ni qué, trajeado de tweed o regios pantalones de franela.
Vivía en una casita linda en la calle de Madereros o eso es lo que yo creo en mi pobre memoria. Hoy es la vieja residencia de Miguel Alemán, si no me equivoco. No era Fito una pandereta de alegría ni mucho menos, sino un hombre culto, inteligente y muy dado, en una soledad aparente donde vivía, a andar con la bola de muchachos maravillosos que fuimos, comandados por Ernesto de la Peña. Fito pintaba retratos que a mí no me gustaban mucho que digamos: agrandaba el rostro de sus inspirantes hasta casi la orilla de la tela, y lograba una fisonomía inolvidable, con mucha personalidad.
Recuerdo sobre todo la cara de Lucero Isaac, quien posee un encanto especial, y en aquel tiempo deslumbrante por la juventud y la mirada pícara de la muchacha Rueda, casada con Alberto Isaac. Total, Fito siempre estaba presente y yo, con franqueza, no entendí nunca por qué, a menos que su aparente noviazgo con Cassandra del Rincón lo dominara. Ella era alta, de rasgos muy definitivos, con un atractivo fuerte con su cabello negro, sus ojos inmensos y sus trajes de buena clase desde que andaba con Fito en esa especie de noviazgo que a ambos les iba tan bien.
Cassandra se llamaba o Fito la bautizó así... Del Rincón... vivía en Santa María la Ribera en una casita preciosa, de pueblo, con su corredor y su fuente, si no me equivoco, y una cama de papel maché llena de angelitos y ramos de uvas.
La mamá de Cassandra, con quien vivía, nunca estaba a la vista, pero sí el piano en el cual tocaban mis amigos que les daba ir por allí y nos volvían inolvidables aquellos agasajos de Fito y Cassandra. Estábamos todos... que Pablo Palomino, que Daniel Dueñas (quien se iba a casar luego con Cassandra y la hija de él heredaría la preciosidad de residencia de Cassi, llena de balcones y macetas floridas, como si viviéramos en 1900...), me acuerdo que Saldivar tocaba el piano y no sé quién cantaba incansablemente.
Fito es hoy evocado como un espectro elegante. En su casa se antojaban grandes comilonas que no había, estábamos en ella siempre de paso. He visto el divino cuadro de él (¿autorretrato? ¿de Diego? A saber...) donde está Fito de pie, lánguidamente recargado entre cortinas, medio apoyado en su bastón súper Proust, y en el cielo se ve —apenas recuerdo— un avioncito y los volcanes.
Como no sé manejar la computadora, no puedo apretar un botón y acordarme enterito ese óleo de veras formidable, pero sí sé que cada vez que lo veo de casualidad se me viene encima aquel tiempo de la pandilla también proustiana que formábamos con un alborozo auténtico.
Fito, imprescindible en los saraos, nos alegraba la vida con su sólo estar, porque era para mí, digamos, la representación de la belle époque de mis lecturas definitivas.
No recuerdo que los demás tuviéramos pareja, sólo, desde luego, Ernesto, pero es que era el galán eterno con mujeres muy bellas. Pero no me perturba mi impareja de entonces (era como ensayar el futuro), sino la lluvia bienvenida de risa-risa todo el tiempo.
Fito fue una buena estancia humana a nuestro lado feliz, no sé si ya se murió, como todos mis amigos ya lo hicieron, y por eso hablo de la muerte con tanta naturalidad, porque voy a velorios desde mi nacencia en Guanajuato, donde a diario se moría un tío y repetíanse las grandes ocasiones dolorosas y festivas de las cenas, las bebidas, las conversas en las terrazas y quizá hasta un beso furtivo que inevitablemente sorprendía mi tío Cosme y sería el tema del desayuno del día siguiente.
¡Qué épocas...! La Revolución decían que acababa de pasar, también la Cristiada con su última misa frente al mercado célebre de mi tierra en la que se casarían mi madre y mi padre, y había una película maravillosa que mirábamos de chicos y se perdió...
Fito hubiera sido feliz viéndola.
