De Letelier a comerse Chapultepec a puños y una noche en Palacio
Febril semana. Así hay días, pero no sólo en la vida propia, que a final de cuentas no importa, sino en el mundo entero. Pasan cosas, que ni qué... A mí se me van minutos pensando en Mitterrand y su amante oculta y presente siempre, como un ramo de rosas en el buró cambiadas diario. Ésos son los hombres que ya no existen, por algo se inventó la muerte, para tener envidia de los que se fueron.
Ese presidente de Francia, culto, inteligente, leal a sus ideas, con una esposa guapa y dos muchachos, sus hijos magníficos, se atrevió a enamorarse de una casi veinteañera y durar con ella y la hija que tuvieron juntos, hasta la hora de su muerte. ¿Cómo será eso?, ¿más que ser rico y no preocuparse por la quincena?, ¿no envejecer? ¿volver a ver París? “Sabe”, dicen en mi tierra. O leer noticias sobre Orlando Letelier (mira: clarito lo estoy viendo venir hacia nosotros que tomábamos un tencuarnís en el aeropuerto de París, precisamente esperando el avión de regreso... bebimos con la alegría exagerada de los extranjeros que se encuentran con alguien muy querido que se creía ya muerto) (a las pocas semanas lo mataron en Washington, manejando su auto junto a su secretaria).
Lo recuerdo en México revisando (¿así se dice?) al Ejército junto a mi presidente Echeverría y al suyo, Allende (Allende el bravo, como titulé un libro sobre el gran Salvador). Era muy alto, delgadísimo, elegante y tan pulcro como su presidente. Su cortesía incomparable, su sencillez lo hace inolvidable. Lo mandó matar el impresentable Pinochet, otra vez evoco nítidamente al asesino, junto a su compinche y servidor, desgraciadamente apellidado Mendoza, mirándome como criados de un laboratorio a un animalito diseccionado... esos cuatro ojos pequeños, achinados y negros de cueva son también imborrables... estábamos en el Palacio Nacional de mi ciudad y ellos visitaban el 15 de septiembre, por cierto les tocó El Grito
(ya planeaban la traición con la acuosidad de camilleros acostumbrados a trasladar cadáveres). Nadie rio esa noche.
Luego, en otra nota leo que los romanos de la colonia Roma y los juarenses de la Juárez (y vamos añadiendo a los chapultepecos, por favor) piden un plebiscito para suspender las obras de ampliación —más bien de fundación— de un edificio de cuarenta y nueve pisos, un hotel y una horrenda plaza comercial (las “flores del moll” les decía el arquitecto Larrosa —que se nos fue—) en terrenos pertenecientes al Bosque de Chapultepec. No pasa una semana sin enterarnos de la voracidad de los “privados” (de patria, de amor a Mexico, de sentido común) sin que nos enteremos de la nueva mordida a mi amadísimo Bosque (donde viví diez años sirviéndole) que es propiedad del pueblo y elemental para nuestra supervivencia estando como estamos, ¡no pasarán, lo juramos...! Es de parte del Cetram dicen.
Y algo para alegrar nuestros ingenuos y temerarios corazones guanajuatenses que seguimos queme y queme alhóndigas: ya comenzó el retiro de los negocios horripilantes del centro de la capital, por siempre capital de Guanajuato, empeñados en sacar dinero de restaurantes —les dicen— en la calle como el indescriptible de mesas, sillas y sombrillas juntito al Teatro Juárez. El presidente municipal de los ahoras al fin oyó a nuestros antepasados gritar a voz en cuello desde el panteón de Tepetate, donde viven sus vergüenzas las momias: ¡Más respeto por la divina hermosura de la ciudad embijada por la ambición del dinero —volvemos a lo mismo— ¡Lo digo porque mi madre nació en el último piso del edificio a la derecha del espectador (que era la Casa de Moneda dirigida por mi abuelo) y yo en la de enfrente del Teatro (mis nanas eran las musas que adornan el techo). ¡Aleluya!
