“Que nada te turbe”, me dijo santa Teresa de Ávila
“Que nada te turbe”, me pide santa Teresa de Ávila y la escucho mientras monologo con René Avilés Fabila, muerto en el ejercicio de esta formidable vida que al final no es sino una vacilada, porque no se pueden aceptar las separaciones cuando se vive una plenitud de amor amistoso, fraterno, ferozmente feliz.
Si necesitaba un prólogo urgente para mi último libro, ahí estaba René… si era imprescindible una presentación de un libro suyo o mío pues… allí estaba René, si empezaba mi pabilo a hacer temblar mi flama, llegaba René y me invitaba a viajar por la República, donde la promesa de reír con las ganas de hacerlo, gracias a su preciosa inteligencia, me prometía curación para muchos meses. Cómo escapar de la turbación si de pronto, leyendo mis escogencias de los periódicos —triste compañía a falta de alguien—, te dice éste intempestivo que “ha fallecido” la persona a la cual estabas a punto de llamar por teléfono, ya que ahí estaba René… siempre, siempre.
René Avilés Fabila era mi amigo por elección; ambos nos supimos hermanos desde mi patética soberbia de una primera vez… él entendió que yo estaba ya estudiando el doctorado de la soledad y me perdonó lo que hoy llamamos tan campantemente: mamonería (le consta a su compañero de generación, José Agustín, a quien nunca pude convencer de quererme porque dije “a mí no me gusta el rock”… muchacha provinciana viene a casarse… mis amigos-amigos de entonces eran pedantes-pedantes y Bach nuestra oreja, Rilke el poeta, Nabokov el descubrimiento).
Pero Avilés entendió mi defensa desolada y nos enamoramos en la amistad para siempre.
En el ejemplo sin fin que me dio por el planeta, la solidaridad inexistente entre los demás, su hermosa fe en mi vocación y en mi talento, sus manos llenas de afecto y admiración.
Me dio a Rosario, mi modelo de Modigliani, a su bella hermana entre las bellas, Iris, nombre de cielo; la envidiable memoria de su madre, tan inteligente y señora; me dio a su guapo sobrino, fruto de Iris; su casa de escritor sin cara de penitente, la de las comidas floridas en el jardín y las eternas visitas a su biblioteca.
Su fundación de las comilonas con los cuatachos de la tecla que no hacen chorcha con los selectos académicos, premiadísimos rostros, señoronas viajeras acomodándose las coronas… becas, premios, ferias y dioses verdaderos. Nosotros comíamos, riquísimas, puras habas con chile pasilla, freídas no fritas...
Nuestro —de él— Museo del Escritor —único en el mundo— salía en carretadas de libros maravillosos de su Fundación Avilés… cartas, fotos, el chaleco y la leontina de Rubén Bonifaz Nuño, verdadero tesoro que nuestro gobierno desdeñó sin entender que coleccionar juguetes, zapatos, autos viejos, cualquier cosa no es comparable con la deslumbrante muestra de inteligencia de literatos cuya gloria nos enaltecerá en el mundo… ahora que tanto lo necesitamos.
Avilés Fabila no era un recién llegado a la libertad —por eso sabía amar tan bien—, estuvo en las agredidas filas del Partido Comunista, entendió el desenvolvimiento del mundo actual, nos devolvió a Elena Garro y nunca nunca dejó de escribir en la prensa. Ser periodista no lo avergonzaba, perfecto amigo del alma. Nos vemos, amor mío…
