De mi periodismo vengo… a mi periodismo voy
Hay unos señores que saben todo sobre la edad y sus perjuicios. Desde luego es la desmemoria, acentuada en lo reciente, y sinoficio ni beneficio en las referenciasa datos, fechas, caras, etcétera.Por ejemplo, yo quisiera saber cuándo nos cambiamos mi esposoy yo al maravilloso departamentode Reforma junto a mi periódico.
Éramos muchachos y nos rodeaban puros ídems, incluyendo a mis primos que han sido legión y ya casi todos se pelaron. Una desgracia, pienso, sobre todo a la hora de la comida en la vieja casa de la familia, en el Paseo de la Presa de Guanajuato, donde éramos tantos, que parecía que la abuela seguía pariendo. Los pleitos y las discusiones, los panes que pertenecían a tal o cual y que señalábamos con el dedo mojado en saliva para su apartamiento irrebatible.
En fin, ahora como sola en el comedor que es mi herencia y extraño aquellas ceremonias inolvidables… así era la mesa de la comida de fin de año judío en la casa de Mocita y Eduardo Césarman… había tal cantidad de primos Kolteniuk que la nostalgia de los míos desaparecidos me hizo entrar en esa memoria de lo que tuvimos. Pero ya sé que todo se acaba y la vida por principio.
Esta entrada inesperada, que no había yo planeado para mi artículo es por esa misma apretada añoranza que sentí en el sencillo adiós a mi edificio de Excélsior, porque también el futuro ya cambió y nos fuimos, a quién sabe dónde, lejísimos.
Estaba toda la redacción formidable, formada casi por mujeres, muchachas en flor, alegrísimas, que posaban para la foto parloteando como los pájaros en la tarde en el jardincito de mi solitaria residencia de al lado del Bosque de Chapultepec, que algún tiempo dirigí casi diez años…
Cuando yo entré a Excélsior casi no había mujeres, solamente en Sociales, con Bambi en su esplendor de ojotes y buen gusto; por allá Anita Salado Álvarez, Pastitos un rato, y una muchacha muy guapa que se casó con Arrigo Coen Anitúa …
En aquel decirle adiós al edificio me llenó de saudades y tristeza porque no había un solo reportero de mi tiempo… Evoqué a mi compadre Miguel López Azuara, por supuesto a Eduardo Deschamps, con quien habría de casarme; a Julio Scherer, reportero; Enrique Loubet, a Maruxa Vilalta, a Pedro Álvarez del Villar y a tantos nombres que se me van borrando, víctimas de los desaciertos de la segunda edad (en la que estamos todos los terciarios o casi cuaternarios ¡Dios mío!).
Ese precioso edificio fue en el principio sede del PRI, cuando el PRI no se llamaba PRI, y yo lo visitaba con mi padre. Luego lo viví honda alborozadamente en mi profesión y para ello, Deschamps y yo nos mudamos a un departamento al lado, perfecto en su belleza y con vecinos en el edificio célebres: arriba de nosotros vivía Rafael Solana, abajo Wilberto Cantón, al lado Ramón Armengod, etc. Mi ventana daba a Reforma, claro, y nunca salí del asombro de ver la vida entera en camisón, digamos, al abrir la ventana, o ver pasar a Kennedy en un carro convertible.
La misericordia de la felicidad nos habitó en medio de la preciosura que sé imprimir a mis casitas, ni modo, así es.
Bueno, volviendo a la despedida de Excélsior y nosotros, Pascal Beltrán del Río estaba muy contento con esta parte de su obra: mejorarnos, y se los dice quien trabajó unos cinco años sin recibir paga alguna, haciéndome tantísima falta; hoy nos sentimos en la gloria para los que sabemos que el periodismo… de allí venimos y al periodismo vamos. Vocación y realización, corriendo tras la noticia, y hoy sopeándola y haciéndola desde mi bastón no de mando.
Día inolvidable, como cuando Deschamps logró que nos acompañaran a ejercer la noticia Rosario Castellanos y Jorge Ibargüengoitia. Ya estaba a nuestro lado Ricardo Garibay en su furia diaria amorosa. Y nosotros “los de antes”, “los de siempre”, seguimos en la brega. Listos.
