Primera llamada… primera llamada… ¡empezamos!

Cuando le envié mi primer novela Con Él, conmigo, con nosotros tres a Julio Cortazar, me contestó por escrito y lo inusual me hizo brincar de gusto, de entre los escritores, solamente Carlos Fuentes poseía esa buena educación (que yo por cierto lamento haber perdido) y me decía que era pesaroso el que los latinoamericanos siempre escribiéramos del dolor de nuestros países, la pena de leer prosas magníficas agobiadas por el crimen, la sangre y la ignominia de los gobiernos.

Por supuesto, mi tema es el 2 de octubre de 1968 y que entró a nuestras casas intempestivamente, a la recámara con la colcha nueva y mi perro Lord Koechel, durmiendo como de costumbre sobre ella, revolucionando la cama entera… Ese animalito bien amado tuvo tal derrame de bilis y terror absoluto que se murió a los pocos días. Lord llegó a mi vida obsequiado por mi esposo, Eduardo Deschamps, a quien se lo vendieron como “galgo alemán” en una cantina, y era tan bello que no se le notaba la co­rrientura… Chavo Ortega (otro arquitecto y amigo querido hasta su muerte inesperada, claro está) de­cía que parecía pekinés en zancos y sí, es cierto.

Vivíamos en Tlatelolco, en la mera punta de la quilla del gran barco habitacional. Escuchando a Mahler y a santa Teresa de Ávila… “nada nos turba­ba”, hasta la llegada consuetudinaria de los mítines de los estudiantes, sus celebérrimos “siete puntos” y los invariables asistentes, la mayoría mis amigos, entregados a la alegría de agitar nuestras preciosas juventudes para vivir un México mejor, anhelo por siempre jamás si mexicano eres, piensas, aprendes a debatir y a vivir el peligro tan exultante y maravi­lloso tal de recorrer la ciudad, toda Reforma, Juá­rez, Madero y el privilegio de entrar al Zócalo como lo hicieron los héroes de tus fotografías de la Re­volución… Octavio Paz diría que los manteles de nuestras mesas de la merienda “olían a pólvora”. Claro que vivimos grandes emociones, la entrada del ejército al Zócalo, donde estábamos sentados en el suelo cantando, gritando, peleándonos y con­tentándonos todos “muy concretitos”, y clarito veo la bola verde olivo a pie o en carros militares y noso­tros, junto con los doctores de bata blanca que hacían su propia guerra por más respeto, quizá mejor sueldo y en fin, lograr sentir la ola creciendo adentro porque así es la lucha…

Salimos corriendo como gamos y ya con las lágrimas y los mocos hasta el pe­cho de los gases asfixian­tes… pasamos La Profesa, llegamos a la Alameda (yo había perdido un zapato) y nos encontró, con los bra­zos abiertos y protectores, Héctor Azar muy alarmado. Venía conmigo Sol Argue­das, José Carlos Becerra y varios más, asustados nos metimos a tomar un café a un restaurante (clarito veo las caras pálidas de todos hechos bolita y preguntán­donos qué seguía…) Seguía el 2 de octubre y la sangre en los elevadores de mi edificio y la llegada de mu­chos escapados de la muerte… Ya me había pregun­tado José Revueltas durante un mitin: “¿y aquí por dónde se escapa uno?”… estábamos a media plaza de las Tres Culturas en una tarde otoñal serenísima. Yo le dije mis dudas y temores de la verdadera ratonera ya bien planeada por los soldados que asesinaron a nuestros compañeros…. Ése fue el principio del fin aquel que mañana conmemoraremos… Sea.

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