Yo también hablo de Larrosa

Abrí la puertecita del mueble que sustenta mi lavatorio de cerámica que dice “Aquí se lava la China Mendoza” y un chorro potentísimo de agua salió como de una manguera de bombero, empapándome del huesito hasta el pecho asorpresado.

No entendí qué ocurría, pero mis animales se asustaron mucho y yo más con la Laguna de Términos en que se convirtió mi vestidor, la recámara, el baño mismo y casi el segundo piso entero. El agua caía como catarata por la escalera y yo en camisón y descalza, tardé atontada lo suficiente como para tratar, con mi bata echa bola, detener aquel fluido enfurecido sin conseguir nada… era inútil, la figura de mi fontanero se apoderó de la lógica, pero lo que urgía era que cesara aquella agresión  espantosa… acababa de enterarme de la muerte de un amigo muy amado, el arquitecto Manuel Larrosa Irigoyen. Lo que siguió no tiene importancia, es otra de las tragedias domésticas a las que estamos condenados los seres solitarios, sin la protección de alguien fuerte y definitivo. Quizá, pensé, es una señal de Manolo, un despedirnos bajo el agua imprevista y carcajearnos de ello como en aquella inolvidable ocasión, que ya he contado, en la playa de Acapulco, una noche prodigiosa y cálida que nos llevó a casi ahogarnos a la orilla del agua prodigiosa: una risa joven, inteligente, pero, sobre todas las cosas, feliz… los demás nos siguieron en aquella explosión vital con olitas acompañándonos y la maravillosa sinrazón de la risa por estar juntos, por hacer en nuestras vidas lo ansiado, él su prodigiosa arquitectura fenomenal, esa que provoca la admiración… sus casas mágicas, su urbanismo perfecto y lógico, la creación de avenidas con abanicos de pasto, las puertas asombrosas en la frontera con Estados Unidos, la realización una y otra vez del Museo Dinámico, aquel jolgorio inteligente donde bailábamos, cantábamos, bebíamos, todo bendecido por la divina juventud de la que hablo. Él era el arquitecto creador y nosotros sus celebrantes.

Me hizo mi casa en Santa María la Rivera, con ventanas de sortilegio, techos abombados, macetas interiores que reverdecían eternamente y nos volvían locos de dicha. De una casa vieja, no antigua, dada al traste, esquina dolorosa, Manolo la convirtió en algo sobrenatural de tan bello, vivible y asoleado, que mi tía Luz, guanajuatense per se, dijo que era un “jonuco”, lo cual nos hizo más delirantes de contento. Cuando me despedí de esa maravilla delarrosiana tuvieron que sacarme casi en andas del dolor que yo sentía… Ahora esa misma pena me agobia, es lo irremediable, de la caída de muchachos juntos, de la pandilla culta e inteligente que fuimos comandados por Ernesto de la Peña se nos fue el último. Adiós, pedazo de mi vida. Gracias.

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