El sol de septiembre
Mi adorado sol está loco de remate… entra en un delirio septembrino a mi casa como si fuera suya —que lo es…—. Es un sol de Alfonso Reyes, joven, dorado, loco, desgarrador y decolorador, achicharronador de páginas libreras o dulces flores de la mañana.
En el delirio funda un circo de luces por todos lados y yo, a diferencia del cachorro de Reyes, lo sigo en una dicha tan grande como la que se ha de sentir a la hora de la muerte, mirando los ojos de tus perros que en la mañana te despiertan fijamente entercados en que no te vayas a pelar sin vivir un día más de amor.
“¡Ah qué China!", te decían tus tías cuando te entercabas en llenar de cadenas verde, blanco y colorado del papel de China de tu niñez, todos los cuartos habitables, desde el zaguán hasta tu recámara con cama de cabecera de latón. Tú sigues viviendo septiembre como el de cuando eras niña… esa terquedad de no dejar pasar el tiempo, de no envejecer, pese a las evidencias de tus ojales semiciegos, tus pasos tembeleques y no obstante la felicidad de comer las jícamas con la copa de tequila o los tacos de nata que hacía tu mamá en malas témporas.
Es un buen septiembre porque lo estás viviendo, sólo por eso y porque sueñas tanto en tu juventud de vestidos floreados y novios nerviositos en su cauta virginidad, que el presente se deslava también.
Pitas tu corneta de cartón y rehaces las banderas de tus balcones entercadas en enchinarse y dándole el ejemplo al habitante de uno (dije uno) de los horribles departamentos de junto. Ya nadie bate palmas como tú, cursilona provinciana, por los tiempos de Miguel Hidalgo, de Morelos y del recontraguapo Allende, que ya quisiera uno para un día de fiesta.
Le hablaste a tu sobrino Juan Carlos Romero, que es senador y el hijo del primo más querido de tu antiquísimo pasado de comer garambullos hasta empanzarse, porque quise felicitarlo por empezar a quitar los esperpénticos añadidos de los restaurantes y peor tantito, del lado derecho del Teatro Juárez, enfrente del cual yo nací humildemente y donde dicen que mi madre gritaba “¡ahora es cuando, San Ramón", a mi tío Enrique Romero, abuelo de Juan Carlos y eminente médico guanajuatense, y él le decía “¡cállate, María Luisa, porque te van a oír los choferes" del sitio que había debajo de su casa frente al Teatro, pues.
Ya Guanajuato se empieza a limpiar de jerigonzas como de ampliaciones de los restaurantes… Una ciudad recoleta como la que vivimos mis primos, mi novio Popo Malo y mis numerosos perros inolvidables.
