El premio para el eminente arquitecto Larrosa
Quién sabe qué será morirse. Todos tenemos ensayos generales en nuestra pobre vida, pero como somos mexicanos, creemos en “la raya” y sobrevivimos milagrosamente, pero después de haber sufrido el espeluznante trago amargo desuponer que esto se acabó. ¿Qué…? Me canso de contar la maravillosa experiencia de ver los árboles y enseñárselos a alguien que se ama, o al contrario (lo cual es inverosímil) descubrir unas plantitastímidas en la fachada de una casa tal vez abandonada en Venecia…
El asunto es esta formidable experiencia que es vivir. Creces entre flores (esos nomeolvides o las violetas que ya no te encuentras en ningún lado) y de pronto en la mañana te ves en el espejo y te preguntas en voz alta: ¿quién es esa señora?… soy yo, pero no como recuerdo, por ejemplo, los hoyuelos que besaba mi padre en arrebatos por la primogénita, hoy son surcos, ¡cómo!
Yo misma me descubrí subiendo la escalera de mi propiedad que tanto anhelé, con una lentitud asombrosa rebatida por el sonido del bastón. No es justo. De pronto sabes que la vista, algo tan natural, es alarmante al amanecer porque ves cosas que no son, con tal claridad y volumen, que le preguntas a la muchacha que entra llevándote el café de la mañana: “¿Gila, allí está un tigrillo, lo ve?, ¿o es un perrito nuevo?”... la muchacha se queda estupefacta, como tú misma con tu nueva vida de adivinanzas en lo que supuestamente miras… Sabes que algo catastrófico te ocurre, a ti que subsistes por los ojos… escribir, leer, teatro, cine, televisión, y esos pasados viajes ya no digamos a Europa, a América del Sur, basta y sobra por nuestro país, por el estado de Guanajuato, con sus plazas de insobornables kioskos, jardines para tardear lamiendo un helado, y si estás en una campaña política y tienes que echar digamos un discurso en el que mezclas tu irremediable provincianismo… hablar de los tacos de sólo crema encima porque no hay para más, el pedacito de carne con sus rebanadas de jitomate, en fin, los remedios de la pobreza que tus oidores tanto conocen…. recuerdo de pronto aquellos niños escolapios del centro del estado que te recibía con ramitos de orquídeas, que son las flores del campo de mi tierra… y sus bailes en tu honor con sus piececitos milagrosamente metidos en zapatos con la suela lengüeteando el piso… Recuerdo, ahora que se usa tanto, la escuelita a penas de pie, con agujeros sin cristales. Claro que sin luz ni baño ni bebedero, a penas unas sillitas de palo y los muchachitos hermosísimos escribiendo sobre sus rodillas. Claro que lo reporté al gobernador, pero... En fin, nadie sabe cómo morirse; yo, por lo pronto, saco adelante mi trabajo semiciega por una espeluznante infección muy parecida a la uveítis de la que me salvó el eminente doctor Berganza, a quien vuelvo a bendecir esté en donde esté, por lo pronto en mi corazón agradecido.
Se murió Juan Gabriel y soy de quienes lo sintieron mucho porque “en esta soledad que no me sienta nada bien” lo gocé mucho cuando lo oí, aunque poco. Y en esas andaba su servidora caminando a tientas por el mundo que ya no me quiere, él tampoco, cuando me preparé a ir a acompañar al arquitecto Manuel Larrosa a recibir la Medalla Bellas Artes. Ya habrá sucedido cuando esto escribo, ahora sí que al tacto (rogándole a Dios dar pie con bola de lo oscuro que me rodea, y debo decir se merece). Eminentísimo arquitecto de siempre. No recuerdo un solo día de nuestras existencias juntos, que fueron muchos (en el entonces DF y en mi tierra, cuando la trabajé como candidata a diputada federal; en Europa, muertos de risa en las mortificaciones de los aeropuertos, en las escaleras del Metro de Londres, donde el paraguas del arquitecto detuvo la instalación subterránea; en Florencia, donde me perdí como una tonta paleta de Guanajuato; en Cuba, donde vimos Guantánamo creyendo que ya lo iban a cerrar, etc.).
Hoy lo celebramos, y digo de Juan Gabriel porque temí que el velatorio nos impidiera esta felicidad tan grande para el grande de la arquitectura, el inteligente Manuel Larrosa Irigoyen de mi vida entera. ¡Bravo!
