Río

Unos nos moríamos, otros nos agasajábamos, pero la humanidad en bola vivía esto que creemos vida, con raspones en las rodillas, moretones por todos lados y a veces relamidas en los bigotes de tanta sabrosura.

No sé qué será vivir si no hemos visto la tarde entre los árboles o despelar garbanzos sentados en la banqueta, no sé qué otra vida habrá sin tener la maravillosa e infantil experiencia de pelar una caña, jalar con la vara debida y ganchuda los aguacates para la hora de la comida, saborear los membrillos verdes con limón y sal bajo la sombra de un tinaco en la azotea de una casa en Santa María la Rivera (allí donde hicimos la travesura la Güera Roca Cházaro y yo de hacernos pipí en precisamente un tinaco de la vecina, que me regañó por quítarme estas pajas). Ése es otro artículo que escribiré pronto si Dios me sigue prestando vida (yo creí que ya me iba a morir la semana pasada porque estuve a punto de quedarme ciega, lo cual significa eso precisamente). El caso es que pergeño granitos de sal de mar para empezar mi artículo de hoy, cuando la calma después de los sustos y mortificaciones olímpicas y sin reponernos de tantísima muerte y la soberbia de los llamados “maestros” contra la paz de México, cimbrando por sus tenazas de intereses bastardos, disfrazados de derechos. Después de saber de los animales torturados por infelices muchachetes sin alma, hechos al aventón por sus padres. En esta especie de paz ficticia, de silencio tan esperado, se me antoja contar una vez más una anecdotita colorida de Brasil, de Río de Janeiro, en donde mis primas las Romero, hijas del almirante Romero Ceballos, hermano de mi mamá, era agregado militar y vivían en la playa de Ipanema, a donde fuimos mi esposo Edmundo y yo a visitarlos, y la vida se nos abrió en un departamento de novela, en su auto con las banderas de México, llevándonos aquí y allá, pero sin la presencia de mi tío que estaba en esos días en Brasilia. Pero mi tía Sara y mis primas nos llenaron de amor. Así conocimos esa parte fabulosa de Brasil, aunque tengo que confesar que como buena citadina que ya soy, esta pueblerina absoluta en la ciudad conquistadora de mis ojos, que por poco pierdo la semana malhadada pasada, fue a San Pablo, ciudad  fantástica, ruidosa, cosmopolita, con un comercio formidable y la comida absolutamente perfecta (confieso también que allí descubrí los quesos más numerosos que los de París, lo cual es mucho decir, y la invisibilidad de la raza negra en la vida, digamos real, siendo Brasil eminentemente de origen negro). Pero no era eso lo principal que yo quería contar… A nuestro regreso: ya nos habíamos despedido de mi gentedad y estábamos muy sentados en los lugares correspondientes en el avión a punto de arrancar, como lo hizo con la lentitud debida. Yo me persigné y pensé en mis perros que me esperaban en Tlatelolco, magos de la visión futura… De pronto, el avión se detuvo y entraron unos oficiales muy entorchados (vienen por un contrabandista, pensé en mi mente loca de la casa, pero no)… se inclinaron ante mí y me pidieron bajar del avión… mi alma a rastras los siguió y mi esposo Domínguez se quedó, por órdenes militares, ante la expectativa del pasaje. No me acuerdo con qué valor atravesé el campo de aterrizaje y entré a un edificio alumbrado como en 15 de septiembre en mi patria… subimos, se abrió una puerta y allá atrás (también como de película) estaba un militar extraelegante, detrás de un escritorio, mirándome mientras me acercaba ya consciente de que era mi tío Federico y venía a mí con los brazos abiertos. Un hombre importantísimo con el poder de detener un avión internacional que ya partía, porque deseaba abrazar a su sobrina viajera mexicana, a la cual no había podido ver por estar en Brasilia y yo con el Cristo de la montaña, en la playa y en las comidas suculentas de los restaurantes brasileños y de la mesa privilegiada de su casa de Ipanema. Lloré en su hombro, brindamos con champaña, evocamos a mi madre María Luisa, y nos despedimos porque el avión debía ya salir de volada. Cuando regresé a la nave rugiente, mi esposo estaba pálido esperando, nadie sabía lo que me había bajado a tierra, y la gente quizás aliviada aplaudió mientras nos abrazábamos.

Ésa es una maravillosa experiencia regalada en Brasil para su periodista, quien les cuenta lo inolvidable obsequiado por Río, que he evocado día a día en estas jornadas en las que la derrota de nosotros en los deportes nos ha dolido hasta la ira, apenas aliviada por los campeones de rostros desencajados, iguales a los de nosotros que veíamos por tele las competencias (sobre todo yo con la visión disminuida, los ojos ardientes)… En fin, no quería que se me pasara contarles una parte sobrenatural de mi vida, ahora que he estado a punto de perderla.

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