Ahora sí escribo al tacto, de veras

Algunas de las características de los ojos enfermos son la carencia de claridad en la visión, el lagrimeo y la intolerable comezón que no sé cómo combatir por el mismo terror de quedarme ciega, ya que el ardor y las ganas de frotarse vienen de adentro del ojo, lo cual es imposible alcanzar sin poner en riesgo el globo amado.

La comezón es un misterio existente en personas propensas a las erupciones en la piel, la alergia en el cabello que no se sabe qué la provoca, la súbita ardería en el pecho donde me frotaba mi madre el Vick VapoRub si tenía un poco de tos. Conforme pasa el tiempo, las enfermedades se acrecientan, dicen que por la edad… la mamá de Lorenza Sotomayor, mi amiga de toda la vida, decía a los sesenta años: “fíjate que a mí ya no me está gustando esto de envejecer”… Y lo peor es no saber por qué ocurren los males, ¿qué digo?...

La comezón en la espalda que calmaban mis tías como gatitos frotándose en las puertas, las extrañas manchas en las manos que parecen mala onda hasta que llega la tía Lola y te dice así como así, “son flores de tumba”… ya no digo entrar todas las noches al reino de los sueños y encontrarse a puros muertos tan campantes junto a uno, en casas campestres arriba de los cerros, todos jovencísimos, felices, risa y risa… no lo puedo creer. La otra noche soñé con Monsieur de Charlus, el aristócrata hacedor de las mortificaciones de Proust y que una vez encarnó Alain Delon en el cine francés, muy mal por cierto, pero en mi ensoñación era en realidad mi primo hermano Alfredo Ávila, que en la vida nada tuvo jamás de cercanía con aquel personaje fabuloso de la Belle Époque, riquísimo, ruin, malvado y ferozmente inteligente.

Pero no es eso de lo que yo quería escribir hoy, en verdad no deseaba hacer nada porque tengo los ojos rojos como del tiempo de la Rusia soviética, me arden cual eczema exaltado y brutal, amén de casi no permitirme el placer absoluto de leer que es lo que me da aliento para seguir viva (no puedo imaginar siquiera la vida que me esperaría si este horror de los ojales, mis estrellas mejores, se apagaran por un súbito e idiota glaucoma o esa cosa absurda que es la mácula (yo sólo conocía la inmaculada concepción, punto).  Entonces, no leo los cuatro periódicos del diario, mis libros placerosos o comprometidos, uno con Héctor Anaya y el otro con René Avilés. Así no podré presentar ninguno porque, si intento subir a un foro, estoy segura de que me voy de boca… Vean ustedes: semiciega, semisorda, camino como diría María Félix como Chencha, como mal, y lo peor es que cada vez más hablo sola: mis idolatrados perros siguen montados en la mudez y por nada me hablan… una desgracia, o tal vez una bendición… me acuerdo de mi hermosa tía Esperanza Contreras de Romero, la bonita de su tiempo, que sorda como tapia decía: “Bendito sea Dios, para lo que oí…”.  Hoy fui a donde van los enfermos de los ojales, al hospital de la Valenciana o algo, y volví a tener la misma impresión que con el Hospital General… lleno de gente pobre, sí, pero no parecen personajes de Zola ni mucho menos, se ven tranquilos, en paz, acompañados de sus parientes que los ayudan a caminar, como a mí mi bella sobrinita Viviana, hija de mi muerto, para mi desgracia, hermano Xavier, un ser angelical que habla por mí en inglés y francés, y es capaz de sacar adelante a quien sea del peor embrollo. Son las pistas que da nuestro Señor para calmarlo a uno, así sentí un artículo que escribí sobre Elena Garro, a quien mucho admiré en su escritura clara como agua y llena de humor, a pesar de tanta desdicha que sufrió.

Son las respuestas del Altísimo… lo que sucede es que Dios no habla en español precisamente, sino en hechos, en mensajes clave, como ése al que me refiero, y el gusto que me dio es que estoy harta de que en mi país nada más publiquen a “los de siempre” (o “las”).  Dejé a Dios ser Dios, como dice una oración preciosa.

Muy contenta con los cien años de haber nacido Elena Garro, “la reina más pobre”, muy triste por habernos cerrado la Casa de Cultura Elena Garro donde íbamos a presentar el libro que construyó con su talento y empeño la ensayista Patricia Rosas Lopátegui, recopilando la poesía de la Garro, titulado Cristales de Tiempo y que publica la editorial de la Universidad de Albuquerque, Nuevo México, donde ella es maestra y donde, por cierto, di muchas conferencias en tiempos mejores y pasados, invitada por Gustavo Sáenz. Aquellas jornadas fueron inolvidables en mi vida de conferencista; por eso Nuevo México y su Universidad me son tan queridos, y así el libro de Elena Garro es ejemplar, por su autora homenajeada, y  la Universidad Autónoma de Nuevo León que se ha convertido en la Palas Atenea de México, gran recopiladora de la Garro, gran estado culto y justo. Da pena que nos hayan cerrado las puertas de nuestro evento (como se usa hoy decir al acto en sí), gracias a la maldad de un sobrino de la Garro, del mismo apellido, que así le hace justicia a su tía con quien vivió los años enteros. Ya hablaremos más adelante.

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