“En plena demolición”

El arquitecto Manuel Parra, padre de Carmen, nuestra Riqui amadísima a más no poder, decía: “Estamos en plena demolición” y quizá era una broma, pero es la mera verdad...

Cada mañana tenemos un nuevo dolor y eso no es normal… claro que para gente como uno, común y  corriente, despertar es pensar de inmediato qué tengo que hacer, qué ropa me pondré y antes de todo pedirle a Dios, sin exigencia, que me conserve la vida, después de todo, a estas alturas, ya es lo único que me queda. Porque he perdido casi todo… mis padres, mis dos adorados hermanos, mis amigas que supuse eran para siempre jamás, mis compañeros, tantito porque creen verse cada vez más jóvenes y tantote porque suponen los pobres que es tan fácil cambiarme, es decir, de rojo a verde, o de la que lee a la que explota, no lo sé; el caso es que el día, volviendo al principio, se planea después de darle gracias a Dios por seguir viva… entonces sacas las piernas de las sábanas y, o te enredas y rompes tu pierna derecha (oí clarito ¡crac!) y se te rompe la vida para siempre (hecho real)  o la nueva dolencia es en el cuello, o te pesan los ojos… y ¡horror!, tratas de abrirlos y te pesan horrores… o simplemente encuéntrate con que ves puros puntos rojos en todo el paisaje de la existencia… cuadro del puntillismo absoluto. Nunca he dejado de ir al oculista desde mi adolescencia, en la que tuve que empezar a usar anteojos… Jamás, lo juro, he dejado de tener cuidado con mis ojos… pero ahora tengo el fantasma de ver cada día peor. Es decir, que empecé con el aumento de la graduación y los ardores infinitos, para terminar viendo los puntos rojos de los que hablo. Todos estamos expuestos a quedarnos ciegos o semi, con el fantasma de los que sufrimos en los ojos el peligro del glaucoma o la pérdida de mácula, nada más. Para una lectora de días enteros, textual, esto es más que el infierno, para una periodista que a fuer de conseguir la hogaza debe escribir diariamente, ahora en la computadora, es simplemente un suicidio lento porque el trabajo no sale. No se ve lo que escribo en la maldita máquina supermoderna e imprescindible, dado que en el periódico reciben lo que envío electrónicamente, no es como antes que me iba volando en un taxi a dejar las hojas corregidas y aumentadas a la redacción de mi diario. No, hoy basta con enloquecer tratando de mandar con botones y oraciones el cuchillo para cortar el pan de la mesa de los míos. ¿Qué hago si no escribo en el periodismo profesional?... He hecho mucho en la vida, es verdad, planos arquitectónicos, dibujos al tamaño real de muebles, máquinas, etc. He diseñado y levantado stands para exhibir libros, objetos varios, etc... He pintado en el suelo telones para abrir los actos escolares en los teatritos de escuelas del sur de Estados Unidos, copiando cuidadosamente las letras de los nombres de tlapalerías, boticas, cafeterías, bibliotecas, etc. He dado clases, conferencias, trabajado en televisión, cualquier cosa que se les ocurra la he hecho porque desde que se murió mi padre he tenido hambre (y sed de justicia).

Yo iba a escribir hoy de cómo están echando a perder mi ciudad natal, Guanajuato, con vendimias en cafeterías en banquetas, plazuelas, caminos, casas desocupadas por las familias y vueltas fondas (como la abierta al lado de mi casa habitación en el exDF) Empiezo con la intolerable cafetería junto a la escalinata del Teatro Juárez (frente a donde nací, con tu venia) y así en la ciudad más bella del estado de Guanajuato, ya en plena invasión comercial. Y miren ustedes que pueden ver, a donde fui a caer. Pero el tema que me invade es éste en el que me debato y así no quiero vivir: irme quedando ciega… Pienso en la Peque Vicens, tan lectora y escritora como yo, y ciega, ella sí enterita pudo seguir existiendo porque siempre fue heroína. Yo no. Estoy en buenas manos, no se apuren, pero imagínense no poder leer más que con tamaña lupa… ver la televisión adivinándola, no distinguir bien las letras de la compu ni los nombres de las medicinas ni el color de la ropa… vivir pues soñando el único imperio donde todo se distingue. Estoy en buenas manos, pero me siento espantosamente desgraciada. Este desbaratamiento no lo merezco. Le pido paz a nuestro Señor.

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