Que san Pafnuncio nos libre de la tenebra

Es cierto, tengo miedo desde que nací, es decir, así me enseñaron… bien que me acuerdo de las pláticas de las nanas sobre los “espantos”.

Esos que caminaban por sus pueblos y el fastidio que eran para mi madre sus quejas de que en nuestra casa “espantaban”, cuando lo único fuera de lo normal eran los ladridos del perrote gran danés, el Dick, maravilloso ser, casi humano, con un ojo azul y otro verde e investido de una altura formidable para nosotros los chicos, por eso entendíamos que de tal perro enormísimo los ladridos tenían que ser colosales (yo tuve en el colegio una compañera con los ojos así y, si no me equivoco, también Margarita Michelena lucía esa característica), por lo cual  nunca entendí el porqué de los pavores con mi amado Dick.

En cambio, en las haciendas que me tocó visitar de niña, las noches eran espeluznantes, no pegábamos el ojo de clarito mirar el fantasma que iba a entrar por la lejana puerta (las recámaras eran muy grandes, como para una legión de niños; ir al baño en aquellos lugares se convertía en un calvario de estremecimientos y al llegar al cuarto helado, por supuesto, ya se nos había olvidado a qué íbamos o el suceso era una realidad en los corredores mojados de terror). Pero esto viene al caso dado el estado de temblores internos a los que se nos ha condenado. Somos personas mayores con una pata en el más allá y nos asustamos como cuando éramos niños. Es un castigo por haber sobrevivido al siglo, tal despedida abrupta de la madrastra malvada. Pero no sé de qué otro modo transcurrir este tiempo ingrato con lo ocurrido en todas partes del mundo. Eso de ir al Paseo de los Ingleses de Niza después de cenar y a lo mejor rumbo al casino, si las luces de bengala nos parecieran aburridas, y dejar allí el alma embarrada en el asfalto, como tantos otros turistas en Egipto o en Turquía, o en Chile, o en donde a usted se le ocurra visitar para vivir la felicidad de un viaje intuido en las novelas leídas o soñadas, en aquellas fotografías en papel brillante de los libros de los cuartos de la azotea de la casa de mi tía Lelita, mi abuela en verdad, llamada Adela (y quedada de soltera porque la mamá de su novio fue a pedirla en matrimonio y en lugar de decir su nombre pronunció el de Antonia su hermana… y en aquellos tiempos no había el perdone usted me equivoqué).  

Por eso tal vez estoy escribiendo de mi detrasidad, de la de usted que me hace el favor de leerme… Lo que sucede hoy no tiene perdón de Dios, nuestro mundo se está acabando y lo esperado en el cambio del hombre hacia la virtud, la honradez y la bondad (lo aleccionado en nuestras casas) resultó una gran vacilada, un hecho traicionado ferozmente porque cada vez hay más crueldad, ya no digamos en los hechos internacionales, guerreros por antonomasia, también en nuestros pueblos, ayer pacíficos y hermosos… las puertas de los portones estaban siempre abiertas y los proveedores de verduras gritaban entrando: “¡La garbanza!”, “!La ráiz con dulce!”,  o el pariente que llegaba del rancho desde la puerta gritaba “¿No hay nadie en la casa?”…

Ir al centro, como le seguimos diciendo al Zócalo y sus alrededores, es una aventura, por eso le debemos tantas visitas a san Pafnuncio en la calle de Moneda (dije Pafnuncio) (el santo de mi tía Lelita, a propósito, quien me llevaba a rezarle para que apareciera mi tío perdido en el cerro, mi perro consentido de pronto invisible),  yo tenía una amiga muy querida que se echó materialmente al piso con los brazos abiertos como monja florida cantándole a san Paf, dándole las gracias porque la hija de un amigo suyo se había salvado de la muerte. Es que san Paf todo devuelve, por eso hay que tener cuidado en lo pedido, no vaya a regresar “el difunto”, como otra señora que yo sé que le llama a su exmarido, hoy dedicado al comercio de víveres en el mercado. Bueno, queridos lectores —si existen—, el tema es que nunca he querido a los ricachones empresarios flatulentos, pero ahora estoy con ellos en su petición a las autoridades de que ya le paren a los llamados maestros ¿de qué?

Con los desfiles repetitivos y feos que nos impiden a los de a pie llegar al trabajo a tiempo, a la cita con los numerosos doctores que consulto y a la casa de mi tía Lelita si todavía viviera: su precioso piso en la avenida Madero 71… Desde sus balcones vi el entierro del aviador de los ojos garzos, Francisco Sarabia, muerto en las aguas del río Potomac, en Washington, ¿por qué me viene a la mente su caballo con las botas del jinete muerto puestas en los estribos…? También en el entierro del marqués de Guadalupe, su corcel caminó frente a nosotros que vivíamos en la contraesquina de su mansión, al caballito lo llevaba de la rienda su caballerango con el que todos los días trotaba el marqués por el Paseo de la Reforma. Úbeda…

Temas: