Reborujar el miedo para calmarlo
A mí lo que me gustaría es haber leído ya todo lo escrito en el mundo y lo que se va a escribir y así poder trabajar sin la premura que me invade por mis deseos de saber qué catástrofe ocurrió ayer en el mundo entero.
Sardinas y anchoas: “peces azules”,
dicen los pescadores…
Es decir, no dejar de saber cómo se va desgajando nuestro planeta y la estupidez humana lo va destruyendo sin piedad y que cada mañana todo se ha venido abajo. Un horror que jamás antes, de jovencitos, imaginamos. De niña lo más espantoso de oír era lo ocurrido en la familia numerosísima, por ello, las tragedias eran consecutivas y lo real era la cercana Revolución, máxime si vivíamos en Guanajuato o en Celaya. La vida hermosa y rápida —no entendía por qué tan aprisa todo— ni tampoco el hambre (por ejemplo, de la Decena Trágica) ni el muerterío en el campo o dentro de las haciendas. Tuve que leer a los genios de las letras mexicanas para sentirlo en la carne, pues allí, leyendo, se aprende la vida y la muerte (así también el amor… yo por ejemplo nunca he sentido el amor en sí, en el cine, digamos, o el teatro insisto, como en las novelas, nada es comparable a la letra y por eso estamos tan amarrados a los libros) (digo, algunos). El humo, los tiros, las lágrimas, el deseo, todos son en la escritura, ni siquiera en la pintura y menos aún digamos ni en la escultura… en El Beso de Rodin… en cambio un libro, o un sueño bien soñado, no tienen comparación más que con la verdad del hecho, la conjugación de esa maravilla que es sentir, bueno, lo que se siente en el enlazamiento de los brazos, digamos, al encontrarse hombre y mujer (y perro con perra, elefante con elefanta, y mujer con mujer, para que no digan que discrimino).
Esta semana habré traído una vez más al recuerdo vívido de mi último encuentro con Elena Garro. Vino de pronto, caminando hacia mi esposo y yo que tristeábamos la tarde gris y helada de Ávila en España, rumbo a una posada para calmar el frío con un plato ardiendo, de El Quijote, quien nos estuvo zanqueando durante todo el viaje (si no era él eran los nombres de la Guerra Civil española, nuestra lectura eterna y el recuerdo del padre de él, don Edmundo Domínguez Aragonés, dirigente último e imponente de la UGT con las bombas encima y su familia —incluyendo a su hijo recién nacido— refugiada en Argentina (otro día cuento nuestra búsqueda en esa preciosa ciudad marítima de la casa, palacio mejor dicho, donde nació Edmundo mi compañero). Estupefacción. Era la misma de siempre, claro, con el tiempo empezando a injuriarla. Traía un gran abrigo, su cabello al viento con aquel movimiento de olas, y creo que una mascada color mandarina. Nos llenamos de abrazos como todos los mexicanos cuando se encuentran en el extranjero, es una recuperación y constatación al mismo tiempo de que es verdadera la vida y la hermosura de vivirla… “¿Qué andan haciendo?”… y vino la ausencia de la Chatita, su hija, y del malvado de Octavio Paz, a quien no hubo lejanía que le perdonase su no estar (y haber dejado de estar tan mal, tan rico él, tan pobres las dos Elenas).
Y traigo esta remembranza que suaviza en mucho los últimos tiempos que hemos nomás mirado sin sosiego, con el igual miedo que si estuviéramos en guerra, ¿no es cierto? Elena Garro ha venido del más allá intempestivamente, como siempre y de idéntica manera me asombra (tengo que interrumpir un poco el relato porque debo dejar dicho que últimamente he soñado sin descanso con mis muertos. Despierto y les digo a mis perros: soñé con Eduardo Césarman, con José Carlos Becerra, con mi hermanito Xavier o de plano me suelto a llorar, yo que nunca lloro más que con el Himno —por algo dice René Avilés que mi nacionalismo “es conmovedor”—) de cómo me revolotean las ausencias: admirada, quizá en la duermevela, veo acercarse a mi cama, rodearla, a mi madre muy en la sombra, es verdad, inclinarse sobre mi cara y besarme la frente (mi madre que casi nunca me besaba)...
Pero ustedes han de perdonar el reborujamiento de mis ideas, en general, así dialogo cuando tengo con quién (reborujar: enredar, reborujar, pues) (casi descuacharrangar). Estas bolas de pensamientos son para calmar, insisto, mi preocupación, mi alarma por lo ocurrido incesantemente. Es la pesadilla de los homicidios, crímenes masivos, motines a bordo del planeta echando por la borda a la humanidad… puro gerundio en cucuruchos… es el colmo que los difuntos le calmen a uno el levantamiento interior, las batallas del alma a la defensiva. Y ahora que me estoy despidiendo de lo verde del camino supongo el espanto de morirse de todos nosotros ha de ser por eso, por la inseguridad que se nos receta por todos los medios (ahora sí que todos los medios)… me oigo hablar con mis amigos por teléfono y no hay ocasión en donde la piruja del rubor helado (perdón Gorostiza por el disimulo) deje de estar presente. ¡Es que no nos queremos morir! ¿Qué nadie entiende?
